miércoles, 26 de mayo de 2010

Encuentro dibujos en el cielo.

Insistíamos la semana pasada en la necesidad de ir con los ojos abiertos, porque lo inesperado está a la vuelta de la esquina, y el aprendizaje del arte se hace permaneciendo atento a cuanto nos rodea, nos encontremos envueltos en ruido o no.

El otro viernes, por la mañana, tuve ocasión de comprobarlo: anda uno tan tranquilo por la calle, lejos, como es costumbre en este último mes, de las salas de exposiciones oficiales, cuando de improviso nos ofrecen un ejemplo bien grandote de cómo funcionan las líneas de un dibujo, de cómo se genera la profundidad en una obra manejando pocos elementos, o qué quiere decir que el gesto de un artista es fluido.

No son éstas, para cualquiera que tenga interés en utilizar un lápiz o un pincel, cuestiones sin importancia. Porque mientras que no cuesta coincidir en que la música tiene sus propias claves para transmitir ideas o sentimientos, bien definidas y regladas, a menudo parecemos olvidar que con las artes plásticas pasa otro tanto. Y que donde aquélla usa contrapuntos o voces tímbricas distintas para ampliar la profundidad de una melodía, ésta tiene a su disposición los contrastes, los tamaños o los traslapos.

Son estos sencillos recursos los que, manejados hábilmente, combinados de manera rica y no reiterativa, construyen una obra con hondura.

Y eso justamente me vinieron a recordar las estelas combinadas de cuatro aviones, que armaron sobre un cielo azul amplísimo una urdimbre de ritmos y grafismos de humo blanco que variaban intensidades, acentuaban curvaturas, y se dejaban desleír llevando aún más lejos mi mirada en esa superficie de la mañana limpia.

Porque dejamos huella, siempre, queriendo o sin querer. Y está en nuestra naturaleza alterar lo que tenemos alrededor. O dicho de otro modo: estamos preparados para el arte, sin importar demasiado la herramienta que elijamos. Y ese arte no tiene que ser, necesariamente, permanente o trascendente.

Decía Miró (en versión libre que me evita las comillas y me excusa las imperfecciones, como siempre que recurro a la memoria): cuando todo falte, cuando no tengamos ni papel ni lápiz, aunque no se pueda de otra manera, tenemos que dibujar, aún con el chorro de orina sobre la arena.

Y Juan -un buen hombre con quien compartía la campaña de la aceituna-, después del postre y apurando el sol antes de agarrarse de nuevo al tajo, siempre terminaba el descanso con algún dibujo sencillo hecho con una ramita sobre la suciedad acumulada en su pantalón.

Y aunque todo lo que produzcamos así sea efímero, resulta estimulante comprobar que todos contamos con esa capacidad de hacer e inventar que nos empuja a buscar soluciones y horizontes distintos constantemente.

De manera que insistimos: se aprende, mirando, aplicando, encontrando soluciones, no sólo en los museos –como decía Cèzanne-, no sólo en las obras que sobreviven siglos como si fueran elefantes sagrados, sino también en lo que nos rodea, en nuestra naturaleza, aún en la alterada por nuestras manos.

Con un pie en cada uno de esos mundos distintos –el original, el mediado-, el artista debe cabalgar.

Deja así de ser tan importante lo perdurable de la obra mientras cobra mayor sentido el momento preciso de lo vivo.

El dibujo del cielo ya no existe; pero qué más da, si queda la lección.

Nono Granero

1 comentario:

  1. yo también las vi, por suerte no tenía clase esa mañana. Iba con un amigo y nos quedamos un rato mirando el cielo. Era algo mágico, y más cuando no te lo esperas.

    ResponderEliminar