Todos los sábados de 1 a 2 de la tarde en RADIO ÚBEDA - CADENA SER (En el 101.5 de FM ó en www.radioubeda.net) Dirigido y presentado por Luis Foronda.
sábado, 27 de marzo de 2010
Arte, sencillamente
viernes, 26 de marzo de 2010
REVUELO DE MANOS CAÍDAS AL SUELO

miércoles, 24 de marzo de 2010
Creatividad y Pasta de dientes
Si convenimos en que, siguiendo a la madre de Forrest Gump, la vida es como una caja de bombones, entonces la creatividad funciona igual que un tubo de dentífrico: cuanto más fuerte se aprieta, más lejos se llega.
Hay quien ve así como una ventaja la ceguera de Homero, la sordera de Beethoven o los problemas de crecimiento del Messi adolescente.
No soy amigo de mirar más allá de la obra, porque ocurre a menudo que la historia personal de un artista, enfatizada por personas ajenas a él, parece venir, más que a ayudar a comprenderla, a completar los huecos técnicos o conceptuales que desde una mirada académica puedan encontrarse.
Pero en la exposición de Manuel Poisón es el mismo artista el que pone ante nuestros ojos su situación personal, no como exhibición justificadora, sino como evidencia natural del motor de su trabajo.
Probablemente desde antes de que Dubuffet acuñara el término Art Brut, o desde que Roger Cardinal lo rebautizara como Outsider Art, ya existía una larga tradición de personas que emplean medios artísticos para anatematizar sus demonios interiores o exteriores, para buscar en el olor del aguarrás, el movimiento de las manos y el manejo de los materiales plásticos, un remedio terapéutico para el dolor o los ocios forzosos. Y a menudo, artistas importantes y concienciados responsables de instituciones aliados con psicólogos, han entendido que hay que favorecer esta vía de expresión. Por que el arte, entre otras funciones –y, quizá, en todo este tiempo, no hayamos tenido ocasión de tratar de esta vertiente-, ayuda a sobrellevarse a uno mismo, a la par que al mundo en que estamos inmersos, voluntariamente o no.
Y es en ese recorte de libertades donde la presión del tubo, en el caso de hoy, es tanta, que lo hace reventar por los lados para ofrecernos trabajos variopintos en forma y concepción.
Podremos encontrar así, desde obras con un cierto carácter totémico, con tintas planas, fuertes simetrías y ritmos fijos que combinan personajes distintos en una misma figura, a escenas satíricas, con una elaboración formal cercana al expresionismo primigenio, y en las que el título juega un papel crucial para terminar de armar parábolas o denunciar situaciones incómodas del modo más áspero y desnudo posible.
Queda otro grupo de obras en las que, olvidando un poco esta tensión narrativa, el artista parece deleitarse redescubriendo las virtudes de un material humilde que, en su suave lirismo de formas vagas, parece hacernos descansar y hasta flotar, tras la angustia y el encontronazo salvaje.
Nosotros, como espectadores, podremos decantarnos por unas u otras. Pero visitar muestras así siempre será interesante para conocer realidades distintas a la nuestra, que fácilmente se olvidan y de las que nadie parece hablar nunca, pendientes como estamos del norte que nos marcan desde los telediarios a la hora de empatizar con nuestros semejantes.
Un arte que viene a purgarnos, a sacudirnos un poco desde lo más cercano. ¿Qué más se le puede pedir a una exposición?
Exposición: El mundo de Poisón desde dentro. Sala de Exposiciones "Pintor Elbo" del Hospital de Santiago de Úbeda. Hasta el 21 de Marzo de 2010
lunes, 22 de marzo de 2010
EN FIN, LA PRIMAVERA

lunes, 15 de marzo de 2010
OJOS QUE NO VEN

sábado, 13 de marzo de 2010
Naturaleza: orden y desorden
lunes, 8 de marzo de 2010
Más baldas, más arte
Dice el refrán que cuando una puerta se cierra, otra se abre. Dejando al margen la relativa verdad que estos aforismos encierran, cuando escucho éste siempre me viene a la cabeza la imagen de un invento de Marcel Duchamp, uno de esos artistas que gustan de situarse al lado de las frases hechas o de los objetos dados por conocidos, para jugar con ellos.
Y es que Duchamp diseñó una puerta en 1927 para su apartamento que servía, simultáneamente, para el cuarto de baño y para el estudio.
Podemos verla en la imagen: está en una esquina. Si abro desde fuera, al empujarla hacia el interior, llega a topar con el marco en que se encaja, cerrando el baño. Si, una vez dentro del estudio, quiero pasar al baño, al abrirla cierro aquél.
Y ando pensando en esta obra, porque en estos días tengo sentimientos encontrados con respecto a una apertura que ha traído consigo un cierre definitivo, o con una dejadez desembocada en cierre que ha propiciado una apertura.
En el edificio del Hospital de Santigo, había una sala que llamaban “de Exposiciones Esteban Jamete”. Como no hay suficiente personal, llevaba cerrada no sé cuánto tiempo.
Era –es, porque la sala existe, reconvertida-, un lugar recoleto, ideal para dar salida a una de esas propuestas de sentido común que siempre que tengo ocasión demando al aire: la necesidad de crear programaciones artísticas coherentes y constantes –ya hemos visto lo que es capaz de hacer el agua, no siendo excesiva, si no deja de caer durante meses-, que incluyan la posibilidad de exponerse a los creadores que empiezan, que trabajan en un área geográfica muy concreta o que, sencillamente, hacen por placer y no sienten la necesidad de andar dando viajes o cabezazos por ahí para mostrar lo que, pacientemente y sin más pretensión que la propia búsqueda y el propio reto –y ya hablaremos de esto en próximos días-, quieren mostrar.
Esa sala ha dejado de estar cerrada desde la semana pasada. Y como quería ver qué había sido de ella, fui a visitarla en cuanto me enteré. Amablemente me abrieron la puerta y encontré, siendo lo mismo, otro espacio: diáfano, luminoso, abierto. Con mejor luz, con mesas redondas que me proponían un nuevo circuito por recorrer, distinto al que marcaban las paredes habituales. Y en éstas, en lugar de cuadros, había estanterías: Y en ellas, baldas; y en las baldas, libros.
A algunos de esos libros yo ya los conocía. Los había entrevisto en un almacén oscuro, amalgamados, apilados unos sobre otros, escondidos casi como si tuvieran miedo de que alguien los viera y los tocara. Si, por gentileza de Diego, de Juan o de Pepa, accedía a su cubículo, podía tomar alguno del lomo, acariciarlo e, incluso, abrirle despacio las guardas. Y encontraba tesoros y perlas, aventuras y colores que, contentos al fin de mostrarse, parecían preguntar por su extraño cautiverio.
Esos libros que no tenían sitio, lucen ahora como recién salidos de la imprenta, y exhiben sus títulos orgullosos y espaciosos en la nueva Sala Infantil de la Biblioteca Juan Pasquau.
Y yo, que soy relativamente práctico, dejo a un lado la tristeza del cierre y agarrando el pomo de la puerta común, me introduzco de lleno en este espacio que, curiosamente, está aún más repleto de arte de lo que nunca estuvo. Porque los libros infantiles contienen tesoros sin cuento. Porque insisto siempre en que los libros ilustrados –que sólo por el hecho de tener menos letras suelen vivir aquí-, son obras de arte completas en sí mismas de tirada limitada.
Y porque esos tesoros son de todos y están ahora a nuestra disposición . Eso sí, teniendo cuidado de devolverlos de nuevo en quince días, para que otros sigan abriendo esas hojas por las que, quizá en un futuro, entre alguien capaz de explicarnos que se pueden tener dos puertas en lugar de una, que no hay por qué cerrar para abrir y que casa con dos puertas, siempre, siempre, es un lugar en el que se respirará mejor, porque se pueden hacer sanísimas corrientes de aire.

domingo, 7 de marzo de 2010
El vuelo de la golondrina

lunes, 1 de marzo de 2010
La lógica del equilibrio
