
Todos los sábados de 1 a 2 de la tarde en RADIO ÚBEDA - CADENA SER (En el 101.5 de FM ó en www.radioubeda.net) Dirigido y presentado por Luis Foronda.
lunes, 31 de mayo de 2010
La cabra, la cabra.

miércoles, 26 de mayo de 2010
Encuentro dibujos en el cielo.

Insistíamos la semana pasada en la necesidad de ir con los ojos abiertos, porque lo inesperado está a la vuelta de la esquina, y el aprendizaje del arte se hace permaneciendo atento a cuanto nos rodea, nos encontremos envueltos en ruido o no.
El otro viernes, por la mañana, tuve ocasión de comprobarlo: anda uno tan tranquilo por la calle, lejos, como es costumbre en este último mes, de las salas de exposiciones oficiales, cuando de improviso nos ofrecen un ejemplo bien grandote de cómo funcionan las líneas de un dibujo, de cómo se genera la profundidad en una obra manejando pocos elementos, o qué quiere decir que el gesto de un artista es fluido.
No son éstas, para cualquiera que tenga interés en utilizar un lápiz o un pincel, cuestiones sin importancia. Porque mientras que no cuesta coincidir en que la música tiene sus propias claves para transmitir ideas o sentimientos, bien definidas y regladas, a menudo parecemos olvidar que con las artes plásticas pasa otro tanto. Y que donde aquélla usa contrapuntos o voces tímbricas distintas para ampliar la profundidad de una melodía, ésta tiene a su disposición los contrastes, los tamaños o los traslapos.
Son estos sencillos recursos los que, manejados hábilmente, combinados de manera rica y no reiterativa, construyen una obra con hondura.
Y eso justamente me vinieron a recordar las estelas combinadas de cuatro aviones, que armaron sobre un cielo azul amplísimo una urdimbre de ritmos y grafismos de humo blanco que variaban intensidades, acentuaban curvaturas, y se dejaban desleír llevando aún más lejos mi mirada en esa superficie de la mañana limpia.
Porque dejamos huella, siempre, queriendo o sin querer. Y está en nuestra naturaleza alterar lo que tenemos alrededor. O dicho de otro modo: estamos preparados para el arte, sin importar demasiado la herramienta que elijamos. Y ese arte no tiene que ser, necesariamente, permanente o trascendente.
Decía Miró (en versión libre que me evita las comillas y me excusa las imperfecciones, como siempre que recurro a la memoria): cuando todo falte, cuando no tengamos ni papel ni lápiz, aunque no se pueda de otra manera, tenemos que dibujar, aún con el chorro de orina sobre la arena.
Y Juan -un buen hombre con quien compartía la campaña de la aceituna-, después del postre y apurando el sol antes de agarrarse de nuevo al tajo, siempre terminaba el descanso con algún dibujo sencillo hecho con una ramita sobre la suciedad acumulada en su pantalón.
Y aunque todo lo que produzcamos así sea efímero, resulta estimulante comprobar que todos contamos con esa capacidad de hacer e inventar que nos empuja a buscar soluciones y horizontes distintos constantemente.
De manera que insistimos: se aprende, mirando, aplicando, encontrando soluciones, no sólo en los museos –como decía Cèzanne-, no sólo en las obras que sobreviven siglos como si fueran elefantes sagrados, sino también en lo que nos rodea, en nuestra naturaleza, aún en la alterada por nuestras manos.
Con un pie en cada uno de esos mundos distintos –el original, el mediado-, el artista debe cabalgar.
Deja así de ser tan importante lo perdurable de la obra mientras cobra mayor sentido el momento preciso de lo vivo.
El dibujo del cielo ya no existe; pero qué más da, si queda la lección.
Nono Granero
domingo, 23 de mayo de 2010
DOÑA MARI Y EL PICO DE LA MESA

viernes, 21 de mayo de 2010
A vueltas con Clara
Al hilo de la entrada de hace un par de semanas, relativa a las exposiciones que se hacen en bares de copas o similares, escribió Clara un comentario que podéis ver al completo en su lugar correspondiente (pinchar aquí para verlo todo) y que motiva esta nota de vuelta.
Entresaco de su jugoso comentario una única cuestión –prometiendo detenerme en el resto en sucesivos artículos-: Objeta Clara que el lugar en que se cuelgan los cuadros no es el más apropiado, bien por la falta de luz, bien porque los visitantes van a otras cosas y no precisamente a mirar cuadros.
Planteada esta observación en términos más generales y reformulada como una pregunta, podríamos plantearlo de este modo:¿es posible la experiencia estética en un entorno ajeno al habitualmente considerado artístico?
Y como justamente de entornos más o menos hostiles quería yo hablar hoy, aprovecho para intentar responder. Comencemos:
Bajo la intermitente y brusca lluvia de estos días pasados, he tropezado, bajando deprisa, con los líquenes agradecidos que este años crecen en los poyetes de piedra de la Plaza del Ayuntamiento. Explotan con grises metálicos, y varían al estallar los verdes ocres del nacimiento hacia los pardos para cuyos tonos no hay palabras. Como las mismas gotas gruesas de la lluvia dibujando las primeras composiciones sobre el suelo al comenzar a caer, estos líquenes arman mosaicos que con teselas que se superponen y se quiebran aminorando el ritmo de mis pasos para hacerme disfrutar de su melopea de ondas rígidas en mares de arenisca.
Y al verlos, recuerdo que quien me enseñó a verlos, a paladear sus acres sabores de óxido quebrado, fue Lucio Muñoz, partiendo maderas dolidas en sus cuadros.
Pero tengo que irme: hay que coger el coche para viajar. Y un poco antes de llegar al desvío que conducía al sumergido Puente Ariza, giro el volante y tengo que aminorar otra vez la marcha: Ante mí un camino de tierra se levanta hacia la izquierda y adopta un escorzo de tierra roja que divide la arboleda y me lleva directo al horizonte con prisa incandescente, con energías desatadas por un golpe entrevisto. Y, enmarcado por el cristal del parabrisas, lo que veo es el paisaje con cuervos de Van Gogh, tan fielmente representado ante mis ojos, que me siento por un momento sumergido en uno de los sueños de Akira Kurosawa.
Pero sigo el viaje y las tareas, atravesando así un día neblinoso, desdibujado, con los colores húmedos y las gamas unificadas de un río de Zóbel, con las montañas desaparecidas entre brumas desvaídas del monje Calabaza Amarga, con las personas veloces bajo el agua, esquivas como los personajes que siempre dan la espalda creados por Eduardo Úrculo.
Y al bajarme del coche lo veo salpicado de barro, con multitud de tonos superpuestos que parecen iluminarse vibrando, del mismo modo que lo hace la pasta densa de los óleos de la Catedral de Rouen de Monet.
Repaso entonces todos los lugares que he recorrido, todas las cosas que me han rodeado a lo largo del día, todos los encuentros afortunados con que me he topado.
Y me parece que, para obtener experiencias estéticas, probablemente, no sea el lugar lo más importante, ni el entorno, ni el ruido, la comodidad, el silencio o la iluminación, sino más bien nuestra actitud, nuestra habilidad para encontrar lo que permanece oculto a ojos poco atentos o embutidos en un concepto excesivamente práctico y utilitario del mirar. Nuestra capacidad para reflejarnos en lo que vemos, para reconocernos en lo que vemos, para recibir lo que nos es ajeno con voluntad de crecimiento, y también, por qué no, nuestra capacidad de juego.
Será así como en días tan feos como los pasados, tengamos al menos el consuelo de poder descubrir, bajo un gris de mala prensa, los destellos únicos de una belleza que nos enseñaron a apreciar grandes maestros en este viaje de vuelta que es el arte.
Después podríamos preguntarnos cómo ejercitar los ojos y la memoria para poder hacerlo. Pero eso lo dejaremos para otro día, porque ahora toca disfrutar con una visita mencionada más arriba, si pincháis el enlace...
http://www.youtube.com/watch?v=uTsHdMj7jO0
Nono Granero
martes, 18 de mayo de 2010
UN CUENTO PARA LA CRISIS
lunes, 17 de mayo de 2010
... Fagre soqui solamido a califotrimangui.

miércoles, 12 de mayo de 2010
Revolución en el Museo Arqueológico
Hay quien dice que el Arte, más que por Evolución, se desarrolla por Revolución. Y yo, en buena medida, estoy de acuerdo.
Pero cuando hablamos de Revolución hay que tener cuidado: no se trata de imaginar muchachas valientes con el pecho descubierto encabezando asaltos y sorteando barricadas, ni tampoco de arrojar materiales con violencia buscando epatar o espantar a personas tranquilas que asocian el arte al buen gusto de que hacen gala las figuritas de Lladró.
Hablo más bien de otro tipo de revoluciones. De las que daban, por ejemplo, los discos de vinilo, que eran capaces –eso sí que era estar comprometido- de hacer hasta 45 por minuto.
En serio: la revolución no es más que un giro, una vuelta de las cosas. Un aprovechar el movimiento de rotación para convertir el viaje de vuelta en uno de ida. Un saberse continuador para desde esa postura aprovechar lo ya recorrido.
Y viendo exposiciones como la de Juan Miguel Bueno, con su apariencia tranquila y apacible, se descubre enseguida, bajo el aspecto suave y callado que envuelve su trabajo y el entorno en que se muestra –el Museo Arqueológico de Úbeda, ampliando nuestra ruta para el arte de hoy-, el rumor cíclico de las revoluciones bien entendidas.
Porque la máquina del Arte gira impulsada por los movimientos de vaivén de un émbolo que tan pronto parece avanzar como retroceder, pero que no hace sino nutrirse del fuego de otras anteriores, aprovechando inercias y recorriendo en nuestros ojos caminos para los que otros pusieron vías.
El artista, empleando un término que yo le conocí a Nietzsche, no ha de pretender ser causa primera. Cuando tiene esa aspiración juvenil, demuestra valentía, sí, pero también desconocimiento. Y pueden írsele las fuerzas en combates vistosos con los que ganar tierras variadas y coloridas que ya nos pertenecían sin que él lo supiera. No. El artista debe reconocerse como causa segunda, como pieza del engranaje. Y desde esa posición, estudiar el funcionamiento de la máquina y el recorrido que propuso hasta ahora. Apoyarse en lo logrado, pero no repitiendo, sino entendiendo, que es una manera especial de apoyarse, porque nos arma para futuras conquistas.
Será así como llegue a hacer propios lenguajes antiguos y los lleve de viaje a sitios nuevos, a pasar los límites en que fueron concebidos.
Aquello que nos es familiar hace así de guía para un mundo ajeno y fantasioso, poblado por seres con los que percibimos que nos unen vínculos que, aunque aparecen como pequeños detalles accesorios son, en definitiva –tal y como pasa en nuestra vida cotidiana-, los que nos definen como miembros de una idea.
Y de ese amor por el detalle pueden nacer, como en estos trabajos, mujeres del agua albergando ciudades entre sus muslos, haciéndo música con ánforas, dejándose guiar por ermitaños, o meciéndose en los sueños que provocan las luces entremezcladas del sol y la luna simultáneamente floridos.
E hipnotizados con el runrún de la rueda conocida, nos dejamos meter en los tamaños pequeños que susurran delicadamente para que las palabras o las imágenes queden recogidas en la caracola de nuestros oídos y puedan crecer más tarde. Echarán a rodar de este modo la maquinaria de nuestros propios sueños, calladamente, haciéndonos parte de un mecanismo común que, siempre que prestemos oídos a la cultura de la que venimos, nos ofrecerá pegasos en los que recorrer un mundo que se hará recién nacido gracias al último giro, a la próxima revolución.
Nono Granero.
lunes, 10 de mayo de 2010
CERTIDUMBRE DEL AMOR

jueves, 6 de mayo de 2010
"Artelnando"
sábado, 1 de mayo de 2010
EL ELEGIDO
