lunes, 11 de julio de 2011

3 historias para terminar.


El final.
-Mira – le digo - Cuatro mil seiscientos millones de años de vida y aunque todavía le queden otros cinco mil millones, hay que joderse, porque el tiempo pasa volando y antes de que nos demos cuenta se habrá apagado para siempre.
-¿Qué se va a apagar, hombre, - me contesta- qué se va a apagar?
-Pues todo su principio y todo tiene su final, - le digo - para que lo sepas.
Pero ella no me hace caso, estira su cuerpo sobre la arena, el infinito se marca en sus gafas negras, sonríe y enseña al cielo su sonrisa. Unas gotas de sudor se deslizan lentísimamente por su frente. Yo, sentado a su lado, no dejo de mirarla, suspiro un poco, levanto mi mano de la toalla y con el dedo índice deslizo hacia abajo el tirante de su bañador.
-El Sol no se apagará nunca, hombre – dice- ¿No te das cuenta?
La beso. Tiene razón –pienso- nunca, nunca, nunca.
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Todo empieza, todo se termina.
Tranquila: Todo empieza, unos instantes de miedo y todo se termina.
Cuando le preguntaba a mi madre sobre sus recuerdos de la guerra civil, ella siempre me contaba la misma historia: Que era una niña y que, despreocupada y alegre, un mañana de sol sacudió las sandalias en la era, chocándolas entre sí y que al ruido, Coronel, el toro manso, se espantó y se fue hacia ella, que la enganchó por la falda y la arrastró varios metros. Que su padre, mi abuelo, con su voz de boyero, llamó desde lejos al toro por su nombre y que éste, al oírlo, se paró. Y que su padre, mi abuelo, se le acercó corriendo, la levantó del suelo y le preguntó si le había hecho daño. Y que ella negó con la cabeza, muy seria. Y que después estuvo tres años llorando, sin que él lo supiera. Que todo empieza. Que todo se termina.
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Adiós.


Marcelo Bay tenía un problema con las despedidas: Nunca sabía qué decir. Se tragaba la palabra adiós y los adioses engordan mucho. Cuando se dicen llenan el aire de plomiza melancolía, pero cuando se callan se agarran a los michelines. Marcelo Bay engordó mucho de adioses que le provocaron hipertensión arterial, diabetes, colesterol elevado, síndrome varicoso y artrosis. Cuando volvió del hospital, su novia, a la que no había podido dejar pese a desearlo, sus empleados a los que nunca supo despedir y sus pesados amigos de los que jamás pudo desprenderse, lo recibieron con un hola gigantesco. El agobio del reencuentro le produjo un amago de infarto que lo colocó a un paso de la muerte. Sus allegados se reunieron para darle la despedida, pero al llegar a su cama, el muy ingrato ya se había ido, sin decir adiós.
- Que raro, ¿no notas en el aire como una sensación de plomiza melancolía?
Luis Foronda.
Dibujo de Nono Granero.

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