Pero yo he ido a tropezarme con una rebaba y un grabado pequeño.
Podría haber mirado a otro lado: a los buriles perfectos, de cadenciosas y bien ponderadas líneas, acompasadas en curvas paralelas que ofrecen con claridad modelos para el diseño o que disparan nuestra memoria y nuestra fantasía.
O podría haber intentado la resolución del enigma que me propone un hombre robusto que tira de la rama de un árbol con todas sus fuerzas, mientras leo debajo la palabra “IMPOSIBLE”.
Pero en exposiciones así, que son como un festín pantagruélico para alguien acostumbrado al poco comer, es conveniente no pretender engullirlo todo, si no se quiere correr el riesgo de ponerse enfermo. Así que os propongo una selección escueta, aunque muy reveladora: de entre todas las obras interesantes, elijamos sólo dos. Os doy los títulos:
La primera, un Mercurio grabado por Theodoor van Thulden, sobre un diseño de Rubens, combinando aguafuerte y buril.

La otra, algo posterior en el tiempo, es la segunda Resurrección de Lázaro que imaginó Rembrandt.

Cuando yo comencé a estudiar, Rubens me fascinaba: su capacidad para interpretar los mitos griegos y latinos, su crueldad barroca y juvenil, su voluptuosidad arrobadora, las lágrimas estremecedoras de sus Magdalenas y los reflejos brillantes de sus carnaciones oscuras me dejaban constantemente embebido y boquiabierto.
Pero poco después conocí a Rembrandt, un artista casi tosco, por comparación, que no se acercaba a los mitos a no ser para jugar descreídamente con ellos, que prefería los temas bíblicos menos espectaculares y más desconocidos, que no empleaba los azules brillantes de las plumas del pavo real y que oponía, frente a las hercúleas anatomías embebidas de Italia –lugar al que, por cierto, nunca quiso ir-, cuerpos pesados, gastados, menudos, cotidianos.
Y como la lluvia transformada en luz que utiliza en su Dánae calienta la estancia y a su dueña, sin aspavientos, sin grandilocuencias, Rembrandt comenzó a calar cada vez más hondo en mi manera de mirar. Y me enseñó a hacer algo que siempre cuesta trabajo, y que pienso que define al artista más que cualquier otra cualidad: me enseñó a bajar.
Porque engolar la voz, utilizar el desdén, levantar la ceja y embutirse del gesto lejano del genio en sus alturas, no son, a mi entender, los caminos del arte.
Por el contrario, bajar la vista nos hace tropezar con nuestros propios pies, reconocer nuestro suelo, amar lo “ruîm en voçé” (que dirían Pessoa o Linspector, no recuerdo ahora); Bajar es conocer lo pequeño, valorar lo sencillo, eludir lo ampuloso. Sentir que verdad es una palabra hueca propia de iconografías barrocas de yeso, mareantes en su exceso de verborrea.
Bajar es reparar, y a eso iba, en la rebaba que deja el punzón sobre el metal y no detenerse a retirarla, dando de lado a la limpieza y encontrando un vahído brumoso. Es dejar que las líneas trazadas se esfumen sin cerrar contornos prisioneros. Es entender que la luz ya está en el papel, que un rectángulo bien entendido es un universo.
Bajar es tomar lo que otros desechan, descubrir lo que parece inservible. Mirar con ojos nuevos lo que la rutina del trabajo o la costumbre de la limpieza nos habían quitado de en medio.
Y eso hace Rembrandt: rechazar lo “bien hecho” para reparar en lo menospreciado. Elegir el temblor en la línea, el metal áspero en lugar de pulido. Asumir que los materiales pueden doblegarse para que sirvan a nuestras intenciones, pero que es mejor entender su naturaleza para aprovecharla por entero.
Dicen que Rembrandt limpiaba sus pinceles en las mismas mangas de su camisa y a mí no me cuesta imaginármelo así, aprovechando el trozo de tela más cercano, aunque formara parte de su propio atuendo, para limpiar con urgencia el pincel, absorto en su trabajo, sin querer apartar sus ojos de la obra, no fuera a escaparse lo que casi estaba a punto de aparecer.
Y en esa urgencia en el hacer con todo lo que hubiera a mano, me lo imagino también desarrollando el trabajo pequeño del grabador, descubriéndolo no sólo como herramienta para la difusión, sino como medio expresivo con cualidades propias. Ayudándose para ello de cuanto accidente o herramienta apareciera en su camino, persiguiendo gráficamente la conmoción que causan los dos milagros realizados a la par: el del muerto que resucita, y el del artista capaz de incorporar cuanto de vivo haya en las herramientas que maneja.
Lo que os propongo hoy es, en definitiva, una elección: armadura o carne; tersura o arruga; dioses o personas. Visitad la exposición, luego lo hablamos.
Nono Granero
Exposición: “Grabados de Viejos Maestros Europeos”. Hospital de Santiago de Úbeda. Hasta el 25 de Abril de 2010.
Y para ampliar sobre Rembrandt y sobre el grabado, os recomiendo visitar la página oficial de una exposición organizada por la Fundació Caixa Catalunya, la Biblioteca Nacional de España y Bibliothèque Nationale de France entre noviembre de 2005 y enero de 2007: Rembrandt. La luz de la sombra”,