Todos los sábados de 1 a 2 de la tarde en RADIO ÚBEDA - CADENA SER (En el 101.5 de FM ó en www.radioubeda.net) Dirigido y presentado por Luis Foronda.
domingo, 23 de mayo de 2010
DOÑA MARI Y EL PICO DE LA MESA
viernes, 21 de mayo de 2010
A vueltas con Clara
Al hilo de la entrada de hace un par de semanas, relativa a las exposiciones que se hacen en bares de copas o similares, escribió Clara un comentario que podéis ver al completo en su lugar correspondiente (pinchar aquí para verlo todo) y que motiva esta nota de vuelta.
Entresaco de su jugoso comentario una única cuestión –prometiendo detenerme en el resto en sucesivos artículos-: Objeta Clara que el lugar en que se cuelgan los cuadros no es el más apropiado, bien por la falta de luz, bien porque los visitantes van a otras cosas y no precisamente a mirar cuadros.
Planteada esta observación en términos más generales y reformulada como una pregunta, podríamos plantearlo de este modo:¿es posible la experiencia estética en un entorno ajeno al habitualmente considerado artístico?
Y como justamente de entornos más o menos hostiles quería yo hablar hoy, aprovecho para intentar responder. Comencemos:
Bajo la intermitente y brusca lluvia de estos días pasados, he tropezado, bajando deprisa, con los líquenes agradecidos que este años crecen en los poyetes de piedra de la Plaza del Ayuntamiento. Explotan con grises metálicos, y varían al estallar los verdes ocres del nacimiento hacia los pardos para cuyos tonos no hay palabras. Como las mismas gotas gruesas de la lluvia dibujando las primeras composiciones sobre el suelo al comenzar a caer, estos líquenes arman mosaicos que con teselas que se superponen y se quiebran aminorando el ritmo de mis pasos para hacerme disfrutar de su melopea de ondas rígidas en mares de arenisca.
Y al verlos, recuerdo que quien me enseñó a verlos, a paladear sus acres sabores de óxido quebrado, fue Lucio Muñoz, partiendo maderas dolidas en sus cuadros.
Pero tengo que irme: hay que coger el coche para viajar. Y un poco antes de llegar al desvío que conducía al sumergido Puente Ariza, giro el volante y tengo que aminorar otra vez la marcha: Ante mí un camino de tierra se levanta hacia la izquierda y adopta un escorzo de tierra roja que divide la arboleda y me lleva directo al horizonte con prisa incandescente, con energías desatadas por un golpe entrevisto. Y, enmarcado por el cristal del parabrisas, lo que veo es el paisaje con cuervos de Van Gogh, tan fielmente representado ante mis ojos, que me siento por un momento sumergido en uno de los sueños de Akira Kurosawa.
Pero sigo el viaje y las tareas, atravesando así un día neblinoso, desdibujado, con los colores húmedos y las gamas unificadas de un río de Zóbel, con las montañas desaparecidas entre brumas desvaídas del monje Calabaza Amarga, con las personas veloces bajo el agua, esquivas como los personajes que siempre dan la espalda creados por Eduardo Úrculo.
Y al bajarme del coche lo veo salpicado de barro, con multitud de tonos superpuestos que parecen iluminarse vibrando, del mismo modo que lo hace la pasta densa de los óleos de la Catedral de Rouen de Monet.
Repaso entonces todos los lugares que he recorrido, todas las cosas que me han rodeado a lo largo del día, todos los encuentros afortunados con que me he topado.
Y me parece que, para obtener experiencias estéticas, probablemente, no sea el lugar lo más importante, ni el entorno, ni el ruido, la comodidad, el silencio o la iluminación, sino más bien nuestra actitud, nuestra habilidad para encontrar lo que permanece oculto a ojos poco atentos o embutidos en un concepto excesivamente práctico y utilitario del mirar. Nuestra capacidad para reflejarnos en lo que vemos, para reconocernos en lo que vemos, para recibir lo que nos es ajeno con voluntad de crecimiento, y también, por qué no, nuestra capacidad de juego.
Será así como en días tan feos como los pasados, tengamos al menos el consuelo de poder descubrir, bajo un gris de mala prensa, los destellos únicos de una belleza que nos enseñaron a apreciar grandes maestros en este viaje de vuelta que es el arte.
Después podríamos preguntarnos cómo ejercitar los ojos y la memoria para poder hacerlo. Pero eso lo dejaremos para otro día, porque ahora toca disfrutar con una visita mencionada más arriba, si pincháis el enlace...
http://www.youtube.com/watch?v=uTsHdMj7jO0
Nono Granero
martes, 18 de mayo de 2010
UN CUENTO PARA LA CRISIS
lunes, 17 de mayo de 2010
... Fagre soqui solamido a califotrimangui.
miércoles, 12 de mayo de 2010
Revolución en el Museo Arqueológico
Hay quien dice que el Arte, más que por Evolución, se desarrolla por Revolución. Y yo, en buena medida, estoy de acuerdo.
Pero cuando hablamos de Revolución hay que tener cuidado: no se trata de imaginar muchachas valientes con el pecho descubierto encabezando asaltos y sorteando barricadas, ni tampoco de arrojar materiales con violencia buscando epatar o espantar a personas tranquilas que asocian el arte al buen gusto de que hacen gala las figuritas de Lladró.
Hablo más bien de otro tipo de revoluciones. De las que daban, por ejemplo, los discos de vinilo, que eran capaces –eso sí que era estar comprometido- de hacer hasta 45 por minuto.
En serio: la revolución no es más que un giro, una vuelta de las cosas. Un aprovechar el movimiento de rotación para convertir el viaje de vuelta en uno de ida. Un saberse continuador para desde esa postura aprovechar lo ya recorrido.
Y viendo exposiciones como la de Juan Miguel Bueno, con su apariencia tranquila y apacible, se descubre enseguida, bajo el aspecto suave y callado que envuelve su trabajo y el entorno en que se muestra –el Museo Arqueológico de Úbeda, ampliando nuestra ruta para el arte de hoy-, el rumor cíclico de las revoluciones bien entendidas.
Porque la máquina del Arte gira impulsada por los movimientos de vaivén de un émbolo que tan pronto parece avanzar como retroceder, pero que no hace sino nutrirse del fuego de otras anteriores, aprovechando inercias y recorriendo en nuestros ojos caminos para los que otros pusieron vías.
El artista, empleando un término que yo le conocí a Nietzsche, no ha de pretender ser causa primera. Cuando tiene esa aspiración juvenil, demuestra valentía, sí, pero también desconocimiento. Y pueden írsele las fuerzas en combates vistosos con los que ganar tierras variadas y coloridas que ya nos pertenecían sin que él lo supiera. No. El artista debe reconocerse como causa segunda, como pieza del engranaje. Y desde esa posición, estudiar el funcionamiento de la máquina y el recorrido que propuso hasta ahora. Apoyarse en lo logrado, pero no repitiendo, sino entendiendo, que es una manera especial de apoyarse, porque nos arma para futuras conquistas.
Será así como llegue a hacer propios lenguajes antiguos y los lleve de viaje a sitios nuevos, a pasar los límites en que fueron concebidos.
Aquello que nos es familiar hace así de guía para un mundo ajeno y fantasioso, poblado por seres con los que percibimos que nos unen vínculos que, aunque aparecen como pequeños detalles accesorios son, en definitiva –tal y como pasa en nuestra vida cotidiana-, los que nos definen como miembros de una idea.
Y de ese amor por el detalle pueden nacer, como en estos trabajos, mujeres del agua albergando ciudades entre sus muslos, haciéndo música con ánforas, dejándose guiar por ermitaños, o meciéndose en los sueños que provocan las luces entremezcladas del sol y la luna simultáneamente floridos.
E hipnotizados con el runrún de la rueda conocida, nos dejamos meter en los tamaños pequeños que susurran delicadamente para que las palabras o las imágenes queden recogidas en la caracola de nuestros oídos y puedan crecer más tarde. Echarán a rodar de este modo la maquinaria de nuestros propios sueños, calladamente, haciéndonos parte de un mecanismo común que, siempre que prestemos oídos a la cultura de la que venimos, nos ofrecerá pegasos en los que recorrer un mundo que se hará recién nacido gracias al último giro, a la próxima revolución.
Nono Granero.
lunes, 10 de mayo de 2010
CERTIDUMBRE DEL AMOR
jueves, 6 de mayo de 2010
"Artelnando"
sábado, 1 de mayo de 2010
EL ELEGIDO
sábado, 17 de abril de 2010
La Rebaba
Pero yo he ido a tropezarme con una rebaba y un grabado pequeño.
Podría haber mirado a otro lado: a los buriles perfectos, de cadenciosas y bien ponderadas líneas, acompasadas en curvas paralelas que ofrecen con claridad modelos para el diseño o que disparan nuestra memoria y nuestra fantasía.
O podría haber intentado la resolución del enigma que me propone un hombre robusto que tira de la rama de un árbol con todas sus fuerzas, mientras leo debajo la palabra “IMPOSIBLE”.
Pero en exposiciones así, que son como un festín pantagruélico para alguien acostumbrado al poco comer, es conveniente no pretender engullirlo todo, si no se quiere correr el riesgo de ponerse enfermo. Así que os propongo una selección escueta, aunque muy reveladora: de entre todas las obras interesantes, elijamos sólo dos. Os doy los títulos:
La primera, un Mercurio grabado por Theodoor van Thulden, sobre un diseño de Rubens, combinando aguafuerte y buril.
La otra, algo posterior en el tiempo, es la segunda Resurrección de Lázaro que imaginó Rembrandt.

Cuando yo comencé a estudiar, Rubens me fascinaba: su capacidad para interpretar los mitos griegos y latinos, su crueldad barroca y juvenil, su voluptuosidad arrobadora, las lágrimas estremecedoras de sus Magdalenas y los reflejos brillantes de sus carnaciones oscuras me dejaban constantemente embebido y boquiabierto.
Pero poco después conocí a Rembrandt, un artista casi tosco, por comparación, que no se acercaba a los mitos a no ser para jugar descreídamente con ellos, que prefería los temas bíblicos menos espectaculares y más desconocidos, que no empleaba los azules brillantes de las plumas del pavo real y que oponía, frente a las hercúleas anatomías embebidas de Italia –lugar al que, por cierto, nunca quiso ir-, cuerpos pesados, gastados, menudos, cotidianos.
Y como la lluvia transformada en luz que utiliza en su Dánae calienta la estancia y a su dueña, sin aspavientos, sin grandilocuencias, Rembrandt comenzó a calar cada vez más hondo en mi manera de mirar. Y me enseñó a hacer algo que siempre cuesta trabajo, y que pienso que define al artista más que cualquier otra cualidad: me enseñó a bajar.
Porque engolar la voz, utilizar el desdén, levantar la ceja y embutirse del gesto lejano del genio en sus alturas, no son, a mi entender, los caminos del arte.
Por el contrario, bajar la vista nos hace tropezar con nuestros propios pies, reconocer nuestro suelo, amar lo “ruîm en voçé” (que dirían Pessoa o Linspector, no recuerdo ahora); Bajar es conocer lo pequeño, valorar lo sencillo, eludir lo ampuloso. Sentir que verdad es una palabra hueca propia de iconografías barrocas de yeso, mareantes en su exceso de verborrea.
Bajar es reparar, y a eso iba, en la rebaba que deja el punzón sobre el metal y no detenerse a retirarla, dando de lado a la limpieza y encontrando un vahído brumoso. Es dejar que las líneas trazadas se esfumen sin cerrar contornos prisioneros. Es entender que la luz ya está en el papel, que un rectángulo bien entendido es un universo.
Bajar es tomar lo que otros desechan, descubrir lo que parece inservible. Mirar con ojos nuevos lo que la rutina del trabajo o la costumbre de la limpieza nos habían quitado de en medio.
Y eso hace Rembrandt: rechazar lo “bien hecho” para reparar en lo menospreciado. Elegir el temblor en la línea, el metal áspero en lugar de pulido. Asumir que los materiales pueden doblegarse para que sirvan a nuestras intenciones, pero que es mejor entender su naturaleza para aprovecharla por entero.
Dicen que Rembrandt limpiaba sus pinceles en las mismas mangas de su camisa y a mí no me cuesta imaginármelo así, aprovechando el trozo de tela más cercano, aunque formara parte de su propio atuendo, para limpiar con urgencia el pincel, absorto en su trabajo, sin querer apartar sus ojos de la obra, no fuera a escaparse lo que casi estaba a punto de aparecer.
Y en esa urgencia en el hacer con todo lo que hubiera a mano, me lo imagino también desarrollando el trabajo pequeño del grabador, descubriéndolo no sólo como herramienta para la difusión, sino como medio expresivo con cualidades propias. Ayudándose para ello de cuanto accidente o herramienta apareciera en su camino, persiguiendo gráficamente la conmoción que causan los dos milagros realizados a la par: el del muerto que resucita, y el del artista capaz de incorporar cuanto de vivo haya en las herramientas que maneja.
Lo que os propongo hoy es, en definitiva, una elección: armadura o carne; tersura o arruga; dioses o personas. Visitad la exposición, luego lo hablamos.
Nono Granero
Exposición: “Grabados de Viejos Maestros Europeos”. Hospital de Santiago de Úbeda. Hasta el 25 de Abril de 2010.
Y para ampliar sobre Rembrandt y sobre el grabado, os recomiendo visitar la página oficial de una exposición organizada por la Fundació Caixa Catalunya, la Biblioteca Nacional de España y Bibliothèque Nationale de France entre noviembre de 2005 y enero de 2007: Rembrandt. La luz de la sombra”,
lunes, 12 de abril de 2010
Un cuento falso