domingo, 23 de mayo de 2010

DOÑA MARI Y EL PICO DE LA MESA

Qué bonita era la Historia con mayúsculas contada por Doña Mari con aquel movimiento suyo de cadencias minúsculas. Se ponía de pie sobre la tarima, acercaba el pubis al pico de la mesa y empezaba su lección. Se adivinaba el cosmos a través del estrecho pantalón vaquero que llevaba y una vez en la posición exacta, empezaba un suavísimo balanceo, hacia atrás y hacia adelante. Y explicaba y explicaba y venían iberos y romanos, reyes godos, católicos y almohades, conquistas y reconquistas, en inagotable cascada de fechas y de nombres. Era un movimiento hipnótico, un ir y venir por la historia de España, atrás y adelante en el cuadro cronológico. Qué bien se nos quedaba todo lo que decía, qué explosión de gozo al examinarnos y comprobar cuánto habíamos aprendido. Y ella tan feliz poniendo sobresalientes. Pero se ve que algún notable resentido se fue de la lengua y un mal día el señor director, que era de suspender mucho, le dijo al bedel del colegio que cambiara las mesas de todos los profesores y todas fueron, desde entonces, redondas. Doña Mari inició después un viaje sin retorno hacia la melancolía, se perdía en los anales de sus crónicas y una mañana mientras nos explicaba la cruenta batalla de las Navas de Tolosa le dio un vahído y calló por el acantilado de las consecuencias, acabando con la cabeza rota en la redondez de lo prescrito. Corrió el rumor de que estaba embarazada. La dieron de baja y ya no volvimos a verla. (Es curioso, al bedel tampoco). Las clases de historia las impartió desde entonces el mismo señor director, un momio cuyo único movimiento consistía en descargar la palmeta sobre nuestras manos abiertas. Y así, más o menos, acabamos el curso en paz y al año siguiente cada bachiller hizo la guerra por su cuenta. Después… la vida. No hace mucho me encontré a uno de los compañeros de entonces y volvimos a acordarnos de doña Mari.
-Qué amena era la clase de historia - me dijo- qué controversias, qué disputas. Si me preguntas ahora algo de lo que aprendimos, no me acuerdo de nada. ¡Ay, esta generación nuestra se ha vuelto una desmemoriada! Hemos olvidado nuestra Historia y todos queremos recuperarla.
-Sería hermoso –le contesté- que volviera doña Mari de su embarazo legendario y nos arrojara a la cara la Historia que hemos olvidado.
-Volverá, volverá. Estoy seguro – me respondió - porque aquel que olvida su historia está condenado a repetirla. ___________________________________ Luis Foronda. _____________________ Dibujo de Nono Granero.-

viernes, 21 de mayo de 2010

A vueltas con Clara

Al hilo de la entrada de hace un par de semanas, relativa a las exposiciones que se hacen en bares de copas o similares, escribió Clara un comentario que podéis ver al completo en su lugar correspondiente (pinchar aquí para verlo todo) y que motiva esta nota de vuelta.

Entresaco de su jugoso comentario una única cuestión –prometiendo detenerme en el resto en sucesivos artículos-: Objeta Clara que el lugar en que se cuelgan los cuadros no es el más apropiado, bien por la falta de luz, bien porque los visitantes van a otras cosas y no precisamente a mirar cuadros.

Planteada esta observación en términos más generales y reformulada como una pregunta, podríamos plantearlo de este modo:¿es posible la experiencia estética en un entorno ajeno al habitualmente considerado artístico?

Y como justamente de entornos más o menos hostiles quería yo hablar hoy, aprovecho para intentar responder. Comencemos:

Bajo la intermitente y brusca lluvia de estos días pasados, he tropezado, bajando deprisa, con los líquenes agradecidos que este años crecen en los poyetes de piedra de la Plaza del Ayuntamiento. Explotan con grises metálicos, y varían al estallar los verdes ocres del nacimiento hacia los pardos para cuyos tonos no hay palabras. Como las mismas gotas gruesas de la lluvia dibujando las primeras composiciones sobre el suelo al comenzar a caer, estos líquenes arman mosaicos que con teselas que se superponen y se quiebran aminorando el ritmo de mis pasos para hacerme disfrutar de su melopea de ondas rígidas en mares de arenisca.

Y al verlos, recuerdo que quien me enseñó a verlos, a paladear sus acres sabores de óxido quebrado, fue Lucio Muñoz, partiendo maderas dolidas en sus cuadros.

Pero tengo que irme: hay que coger el coche para viajar. Y un poco antes de llegar al desvío que conducía al sumergido Puente Ariza, giro el volante y tengo que aminorar otra vez la marcha: Ante mí un camino de tierra se levanta hacia la izquierda y adopta un escorzo de tierra roja que divide la arboleda y me lleva directo al horizonte con prisa incandescente, con energías desatadas por un golpe entrevisto. Y, enmarcado por el cristal del parabrisas, lo que veo es el paisaje con cuervos de Van Gogh, tan fielmente representado ante mis ojos, que me siento por un momento sumergido en uno de los sueños de Akira Kurosawa.

Pero sigo el viaje y las tareas, atravesando así un día neblinoso, desdibujado, con los colores húmedos y las gamas unificadas de un río de Zóbel, con las montañas desaparecidas entre brumas desvaídas del monje Calabaza Amarga, con las personas veloces bajo el agua, esquivas como los personajes que siempre dan la espalda creados por Eduardo Úrculo.

Y al bajarme del coche lo veo salpicado de barro, con multitud de tonos superpuestos que parecen iluminarse vibrando, del mismo modo que lo hace la pasta densa de los óleos de la Catedral de Rouen de Monet.

Repaso entonces todos los lugares que he recorrido, todas las cosas que me han rodeado a lo largo del día, todos los encuentros afortunados con que me he topado.

Y me parece que, para obtener experiencias estéticas, probablemente, no sea el lugar lo más importante, ni el entorno, ni el ruido, la comodidad, el silencio o la iluminación, sino más bien nuestra actitud, nuestra habilidad para encontrar lo que permanece oculto a ojos poco atentos o embutidos en un concepto excesivamente práctico y utilitario del mirar. Nuestra capacidad para reflejarnos en lo que vemos, para reconocernos en lo que vemos, para recibir lo que nos es ajeno con voluntad de crecimiento, y también, por qué no, nuestra capacidad de juego.

Será así como en días tan feos como los pasados, tengamos al menos el consuelo de poder descubrir, bajo un gris de mala prensa, los destellos únicos de una belleza que nos enseñaron a apreciar grandes maestros en este viaje de vuelta que es el arte.

Después podríamos preguntarnos cómo ejercitar los ojos y la memoria para poder hacerlo. Pero eso lo dejaremos para otro día, porque ahora toca disfrutar con una visita mencionada más arriba, si pincháis el enlace...

http://www.youtube.com/watch?v=uTsHdMj7jO0

Nono Granero

martes, 18 de mayo de 2010

UN CUENTO PARA LA CRISIS

Un cuento de encuentros en abril
María entró en la panadería que se encuentra justo debajo de su bloque de pisos y preguntó: -¿Quién es el último o la última? -Yo soy la última.- Dijo Amalia con su voz de anciana. Amalia vivía dos calles más arriba y todos los días iba a comprar el pan a la misma hora. Llevaba muchos años jubilada y viuda y tenía la vida igual de organizada que cuando trabajaba en la oficina de la gestoría de su padre. Todo era rutina y orden, todo con la alegría y la parsimonia que le da la felicidad al tiempo. Amalia es la abuela de Ricardo, un joven que trabaja en el ayuntamiento, y que, por las tardes, la visita con la excusa de ayudarle en casa, pero sobre todo para darle compañía, aunque hace unas semanas, no va con tanta asiduidad. Ricardo ha descubierto su homosexualidad , cuando se dio cuenta de que el señor que hace las fotocopias, Vicente, que siempre lleva esos colores y esas pintas tan demodé , le producía cosquillas en el estómago siempre que lo miraba. El señor de las fotocopias vive con su novia desde hace años, en las afueras de la aldea. Basi, su novia, es divorciada y aunque todavía tiene aspecto juvenil, tiene dos hijos estudiando en la Universidad. Vicente los ha criado y los quiere como si fueran hijos propios. Basi se vino al sur vivir como trabajadora social, pero lo dejó para convertir su casa en un lugar de descanso y naturaleza. Además de ofrecer habitaciones por un módico precio, tiene un huerto ecológico del que se abastecen durante todo el año. Basi y Vicente han decidido no casarse pues no les gustan las ataduras legales, basan su convivencia en un contrato amoroso que renuevan mes a mes, convirtiendo en tradición festiva este acontecimiento. Fiestas que se prolongan de la noche a la mañana, con invitaciones para quienes están alojados. La vida de Basi y de Vicente pasaba desapercibida en este pueblo intransigente con quienes no siguen las normas, a pesar del anuncio público que Vicente colocó al lado de la fotocopiadora, un cartel que decía: Se alquilan habitaciones en el huerto “las acequias”, nombre que los agricultores le dieron cuando se juntaban para repartir los riegos. Ricardo cuando leyó este cartel como si fuera una propuesta de amor, no lo dudó, sólo tenía que organizarlo todo para que pareciese que se iba al campo a vivir por una mera cuestión de necesidad medioambiental y de salud. No sólo compartirían casa, sino trayecto de ida y vuelta a diario de lunes a viernes, para así afrontar y disfrutar de su nueva orientación sexual. A cambio no podría ir todas las tardes a cuidar de su querida abuela. Amalia aunque sabía qque echaría de menos su compañía y sus pequeñas conversaciones, entendía que intentara poner un poco de orden en su vida, yéndose al campo una temporada. No conocía el verdadero origen del traslado campestre, Ricardo no había tenido el valor de confesar algo que aún no sabía que era. Su abuela sólo conocía que Basi, una señora que pasaba los cuarenta, ofrecía su casa por habitaciones, en las fueras de la aldea, en la remodelada casería. Ricardo llevaba unas semanas viviendo en la casa de Vicente y Basi, cuando María entró en la panadería que está debajo de su piso, y preguntó: .- ¿Quién es el último o la última...? .- Soy yo la última, contestó Amalia con su voz de anciana, sin dejar de mirar a la muchacha que estaba pidiendo la vez y que tenía los párpados hinchados de llorar. Pensó: "esta niña necesita algo más que una barra de pan". Le preguntó si le pasaba algo, pero María lo negó con su cabeza. Y la abuela de vicente hablandole como en secreto le dijo: -“No me lo puedo creer, ya tengo muchos años y yo sé que te pasa algo” .- Bueno, sí, es cierto, necesito mudarme de casa. En esta en la que vivo la tengo que dejar y no sé a donde ir. Estoy buscando un piso baratito, para mi sola, ¿usted conoce a alguien que alquile un piso, o una habitación? .- Ahora que lo dices, sí, pero es en la aldea, en el huerto de las acequias. .- Pero, eso es muy caro, …. .- Mira, por llamar y preguntar, no pierdes nada, pero aquí no tengo el número teléfono de mi nieto que vive allí, si quieres me acompañas a mi casa y te lo doy. Aquella mañana Amelia, de ochenta años y María, una triste muchacha que buscaba habitación, la pasearon juntas de tienda en tienda, después ya en la casa tomaron achicoria con leche y unos bollitos de crema. María le contó la desastrosa relación que había mantenido durante casi un año con su novio. Amelia le agradeció mil veces la compañía y la conversación. Y al llegar la hora de la comida, se despidieron. María con el número de teléfono de Vicente y mucho más aliviada llegó a su piso que estaba encima de la panadería y que en unos días tendría que dejar. Su exnovio no vendría hasta la noche. No hizo ninguna llamada, no preparó comida, dejó la barra de pan en la cocina y se sentó al lado de la ventana a observar la gente pasar. Cuando el sol se estaba escondiendo y las farolas encendiendo, como una autómata feliz preparó su maleta, eligiendo sólo lo que más le gustaba y escribió una nota que dejó al lado de la barra de pan. “He encontrado pareja, alguien mayor que yo, que me escucha, que me atiende, que se preocupa por mí. Voy a emprender una nueva vida, mucho más feliz que contigo, estoy segura... María, se arregló como si fuera domingo por la mañana y con su maleta ligera de peso dio la vuelta a la calle y llegó a la casa de Amelia. Cuando la anciana oyó el timbre pensó en su nieto y cuando le dio al abridor de la puerta, gritó: Si vienes, cariño, a estas horas es para quedarte a vivir conmigo, ya lo sabes. María contestó: Eso ni lo dude. Por cierto, ¿cómo se llama usted?
____________________________________________________________________________ Benita Campos.

lunes, 17 de mayo de 2010

... Fagre soqui solamido a califotrimangui.

Era la última moda de los curas snobs de los setenta, a la que Don Eulogio, nuestro párroco, quiso apuntarse enseguida. Así que, siguiendo la novedad, cambió la forma habitual de confesar: Ahora, después del “sin pecado concebida” era él quien te empezaba a preguntar directamente, ya saben: si has hecho esto o aquello, el pecado, la falta o la omisión. Y los confesantes, o sea la fila de niños blandengues de todos los domingos, respondíamos solamente que sí o que no. Aquella nueva fórmula, que en principio podía ser más llevadera para los pecadores compulsivos e incluso para los corrientes, para mí fue un serio problema, porque el padre Eulogio tenía una imposible lengua de trapo y yo un oído de tapia. A él se le enmarañaban las palabras y del fárrago inquisitorial yo sólo entendía las primeras … “Has hecho..?” pero nada del resto “…fagre soqui solamido a califotrimangui?” ¡Qué dilema, Señor!. El cura preguntaba, yo veía sus ojos afiladísimos flameando en la oscuridad del confesionario… y sin valor para pedirle que me las repitiera, a la primera pregunta respondía “sí”, luego “no” dos veces, después un par de siés, así al tuntún. Y una vez, no sé qué demonios me preguntó, que yo dije que sí y él se puso muy rojo y de pie y empezó a sudar y le oí que gritaba “¡¡¡¡¿cómo que sí?¡¡¡¡”. Luego levantó la cara y las manos a la bóveda de crucería, y rogó “Oh señor, perdona a este…. pamerangueri somelifrogui pondepés”. Y me mandó de penitencia millones de padresnuestros y de mortificación su dedo clavado en mi nuca y el matraqueo de su voz a mis espaldas. No volví a confesarme, pero desde ese día la imagen de don Eulogio me perseguía siempre y un sentimiento agobiante de culpa constante me afligía el pecho. Procuraba no encontrármelo por la calle pero era imposible en un pueblucho como aquél y además él parecía que me buscaba por encima de todas las cabezas hasta encontrarme, me lanzaba su mirada de fuego que me quemaba y que parecía decirme “ah, te encontré terrible pecador, pagarás en el infierno el espantoso pecado que cometiste”. Yo no pude desprenderme de la presencia de don Eulogio ni del sentimiento de culpa durante el resto de mi vida, pero no hace mucho quise armarme de valor por una vez y buscar a don Eulogio para explicarle por fin la historia y aclararle el error. Me enteré que don Eulogio llevaba dos años en el asilo. Fui a verlo, me emocionó su estado calamitoso, ya no pronunciaba palabra y en su demencia no me reconoció. No pudimos hablar de mi desconocido pecado, pero al irme me acerqué a su oído y le prometí bajito que nunca jamás volvería a cometerlo. _________________________________ Luis Foronda.- ______________ Dibujo de Nono Granero.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Revolución en el Museo Arqueológico

Hay quien dice que el Arte, más que por Evolución, se desarrolla por Revolución. Y yo, en buena medida, estoy de acuerdo.

Pero cuando hablamos de Revolución hay que tener cuidado: no se trata de imaginar muchachas valientes con el pecho descubierto encabezando asaltos y sorteando barricadas, ni tampoco de arrojar materiales con violencia buscando epatar o espantar a personas tranquilas que asocian el arte al buen gusto de que hacen gala las figuritas de Lladró.

Hablo más bien de otro tipo de revoluciones. De las que daban, por ejemplo, los discos de vinilo, que eran capaces –eso sí que era estar comprometido- de hacer hasta 45 por minuto.

En serio: la revolución no es más que un giro, una vuelta de las cosas. Un aprovechar el movimiento de rotación para convertir el viaje de vuelta en uno de ida. Un saberse continuador para desde esa postura aprovechar lo ya recorrido.

Y viendo exposiciones como la de Juan Miguel Bueno, con su apariencia tranquila y apacible, se descubre enseguida, bajo el aspecto suave y callado que envuelve su trabajo y el entorno en que se muestra –el Museo Arqueológico de Úbeda, ampliando nuestra ruta para el arte de hoy-, el rumor cíclico de las revoluciones bien entendidas.

Porque la máquina del Arte gira impulsada por los movimientos de vaivén de un émbolo que tan pronto parece avanzar como retroceder, pero que no hace sino nutrirse del fuego de otras anteriores, aprovechando inercias y recorriendo en nuestros ojos caminos para los que otros pusieron vías.

El artista, empleando un término que yo le conocí a Nietzsche, no ha de pretender ser causa primera. Cuando tiene esa aspiración juvenil, demuestra valentía, sí, pero también desconocimiento. Y pueden írsele las fuerzas en combates vistosos con los que ganar tierras variadas y coloridas que ya nos pertenecían sin que él lo supiera. No. El artista debe reconocerse como causa segunda, como pieza del engranaje. Y desde esa posición, estudiar el funcionamiento de la máquina y el recorrido que propuso hasta ahora. Apoyarse en lo logrado, pero no repitiendo, sino entendiendo, que es una manera especial de apoyarse, porque nos arma para futuras conquistas.

Será así como llegue a hacer propios lenguajes antiguos y los lleve de viaje a sitios nuevos, a pasar los límites en que fueron concebidos.

Aquello que nos es familiar hace así de guía para un mundo ajeno y fantasioso, poblado por seres con los que percibimos que nos unen vínculos que, aunque aparecen como pequeños detalles accesorios son, en definitiva –tal y como pasa en nuestra vida cotidiana-, los que nos definen como miembros de una idea.

Y de ese amor por el detalle pueden nacer, como en estos trabajos, mujeres del agua albergando ciudades entre sus muslos, haciéndo música con ánforas, dejándose guiar por ermitaños, o meciéndose en los sueños que provocan las luces entremezcladas del sol y la luna simultáneamente floridos.

E hipnotizados con el runrún de la rueda conocida, nos dejamos meter en los tamaños pequeños que susurran delicadamente para que las palabras o las imágenes queden recogidas en la caracola de nuestros oídos y puedan crecer más tarde. Echarán a rodar de este modo la maquinaria de nuestros propios sueños, calladamente, haciéndonos parte de un mecanismo común que, siempre que prestemos oídos a la cultura de la que venimos, nos ofrecerá pegasos en los que recorrer un mundo que se hará recién nacido gracias al último giro, a la próxima revolución.

Nono Granero.

“Alma mudéjar”: Pinturas de Juan Miguel Bueno. Del 30 de Abril al 13 de Mayo de 2010, en el Museo Arqueológico de Úbeda.

lunes, 10 de mayo de 2010

CERTIDUMBRE DEL AMOR

A lo que más teme la margarita es a la incertidumbre del amor. Llegan los enamorados, solitarios pánfilos, a la floreada extensión de la pradera y alargan su mano, llena de preguntas, al tallo de la flor. Con un gesto simple, siegan sus expectativas de primavera eterna y luego le acercan los dedos, convertidos en pinzas, que extirpan sus hojas en un devenir de síes y de noes: …Sí me quiere, no me quiere. Pero ay, la margarita es también un ser que ama en silencio. Nuestra margarita se despierta cuando las pequeñas gotas de rocío tiemblan en la punta de sus hojas y ensayan pequeños suicidios y acrobacias de circo lanzándose al vacío de la hierba. Nuestra margarita sueña cada mañana que la abeja se le acerque y que recoja sus pólenes con besos de seda. Desearía la margarita que la abeja que ama permanezca a su lado, pero ella se marcha siempre a sus obligaciones de colmena. Así, cuando una mañana de mayo, un muchacho enamorado lleno de dudas alarga su mano para arrancar la margarita, ella tiembla de pánico, pero de repente el enamorado retrocede y grita, la abeja aparece zumbando y clava su aguijón certero en la mano del muchacho, que huye. La abeja luego va cayendo a los pies de la flor en un remolino de amor y de muerte. Así es la primavera y como esta historia se repite constantemente, es por eso que en la floreada extensión de la pradera siempre brillan las hojas blanquísimas de las margaritas, repletas de síes. ... ... sí me quiere, sí me quiere, sí me quiere. ______________________________________ Luis Foronda ___________ Dibujo de Nono Granero

jueves, 6 de mayo de 2010

"Artelnando"

Cuando, por fin, la primavera estalla. Cuando el frío húmedo nos parece ensueño lejano o bruma borrosa de despertar y la luz nos empuja lejos de la penumbra recogida y el calor del brasero, uno comienza a moverse y a sentirse como un gorrión entre semejantes.
Parece que crecemos enérgicos como las hojas del jazmín y envueltos en azahares nos transformamos en bandadas de pájaros frenéticos que se persiguen en arabescos, y se juntan a piar como quien ríe, contentos porque, una vez más, apareció la luz en mitad de la tarde y la hizo larga.
Debe ser por eso que el cuerpo se nos impone, y nos alienta a huir de sitios recoletos, a buscar el paseo y a reconocernos en esas otras personas que también dejaron atrás el jersey gordo para salir a darse el encuentro, abandonando casas y faldillas.
Son los días así como de fiesta y no apetece recogerse en lugares de penumbra sosegada. Ni apetece la calma atemperada de la sala de exposiciones, ni su deambular pausado mientras bulle la sangre a contratiempo.
Pero ni siquiera en momentos así, dejamos de hablar de arte.
Porque existen, afortunadamente, lugares que entendieron en su día que en medio de la algarabía, el vaso largo y la conversación animada, también tienen su hueco artistas que, jóvenes como estos mismos días que nos envuelven, encontraron acomodo en sus paredes..
Así que hoy os propongo visitar, alternando con júbilo, dos de esos lugares.
Comencemos tomando unas cañas en La Taberna: allí, después de la redecoración que el local ha acometido, se han planteado la posibilidad de aprovechar las paredes para estimular nuestro paso con propuestas artísticas recientes. Ahora mismo, tenemos la oportunidad de paladear la obra de Laura López Ruiz, con sus íntimos fetiches y su repaso sobrio a nuestros pies, a los que levanta a la altura de los ojos y en los que encontraremos contrastes de café duro y carnalidades densas.
Y después, si os encarta, podemos bajar al pub La Beltraneja, a tomarnos una copa relajada. Allí, desde la penumbra de sus paredes de piedra, Manuel Cano nos provoca con gritos de acrílico en ciudades vibrantes, con personajes de aristas nerviosas y formatos de tótem para cuerpos y figuras que quieren hacerse nuevos iconos habitando espacios que nada tienen de sagrado.
Hoy son ellos, pero, pronto, serán otros. Y así, los lugares de siempre se convierten en sitios renovados periódicamente que no dejan de estimular nuestra mirada y nuestra conversación. Y navega la pintura sobre mares dorados con burbujas, o atraviesa océanos de color fucsia entre los icebergs de nuestra copa.
Qué mejor manera de hacer que el arte arrope y acompañe nuestras ganas de vida y comparta su ritmo con el que a nosotros, hoy, nos bulle por todo el cuerpo.
Nono Granero
Exposición de Óleos de Laura López Ruiz, en “La Taberna”, hasta el día 22 de Junio.
Exposición “En Acrílico” de Manuel Cano, en el pub “La Beltraneja”, hasta el 3 de Julio.

sábado, 1 de mayo de 2010

EL ELEGIDO

__ Esa mañana, antes de despertarse, Benigno Tarasca sintió el dedo de Dios tocando su frente y una voz que le decía: “Hijo mío, hoy es tu gran día: Podrás realizar la mejor acción en beneficio de la humanidad.” Se entiende que Dios, en su magnífica bondad, elige a una persona, de vez en cuando, para que, con la ayuda divina, realice una acción única, memorable, maravillosa, que repercuta de manera altamente conveniente a todos los intereses humanos. Benigno Tarasca se despertó con la voz de Dios todavía resonando en su cabeza, extendió el brazo, encendió la luz y abrió los ojos. Se quedó pensando boca arriba en la cama, había sentido el dedo de Dios y había entendido su mensaje: El elegido era él y aquél era su día. ¿Qué podía hacer para no defraudar las expectativas divinas, que acción podía realizar para ayudar de una manera palmaria y asombrosa a toda la humanidad?. Como Benigno Tarasca se conocía, no podía imaginarse a sí mismo surcando cielos, navegando mares, recorriendo caminos, repartiendo alimentos, apagando guerras, alimentando paces, curando enfermedades, aniquilando hambrunas o regalando felicidades. Como Benigno Tarasca se conocía a sí mismo, no podía imaginarse coloreando sombras, disolviendo amarguras o enervando corazones. Ya está, se acababa de dar cuenta, ya sabía perfectamente lo que iba a hacer ese día, la mejor acción de todas en beneficio de la humanidad. Como se conocía a sí mismo, Benigno Tarasca se dio media vuelta, cerró lo ojos, extendió el brazo y apagó luz. ______________________________________ Luis Foronda. Dibujo de Nono Granero.

sábado, 17 de abril de 2010

La Rebaba

Mira que había dónde detenerse en esta exposición. Su título ya lo dice todo: son viejos (siglos XVI y XVII) y europeos, pero, sobre todo, Maestros. Entrar en la sala y elegir cualquier obra es ya garantía de querer volver.

Pero yo he ido a tropezarme con una rebaba y un grabado pequeño.

Podría haber mirado a otro lado: a los buriles perfectos, de cadenciosas y bien ponderadas líneas, acompasadas en curvas paralelas que ofrecen con claridad modelos para el diseño o que disparan nuestra memoria y nuestra fantasía.

O podría haber intentado la resolución del enigma que me propone un hombre robusto que tira de la rama de un árbol con todas sus fuerzas, mientras leo debajo la palabra “IMPOSIBLE”.

Pero en exposiciones así, que son como un festín pantagruélico para alguien acostumbrado al poco comer, es conveniente no pretender engullirlo todo, si no se quiere correr el riesgo de ponerse enfermo. Así que os propongo una selección escueta, aunque muy reveladora: de entre todas las obras interesantes, elijamos sólo dos. Os doy los títulos:

La primera, un Mercurio grabado por Theodoor van Thulden, sobre un diseño de Rubens, combinando aguafuerte y buril.

La otra, algo posterior en el tiempo, es la segunda Resurrección de Lázaro que imaginó Rembrandt.

Cuando yo comencé a estudiar, Rubens me fascinaba: su capacidad para interpretar los mitos griegos y latinos, su crueldad barroca y juvenil, su voluptuosidad arrobadora, las lágrimas estremecedoras de sus Magdalenas y los reflejos brillantes de sus carnaciones oscuras me dejaban constantemente embebido y boquiabierto.

Pero poco después conocí a Rembrandt, un artista casi tosco, por comparación, que no se acercaba a los mitos a no ser para jugar descreídamente con ellos, que prefería los temas bíblicos menos espectaculares y más desconocidos, que no empleaba los azules brillantes de las plumas del pavo real y que oponía, frente a las hercúleas anatomías embebidas de Italia –lugar al que, por cierto, nunca quiso ir-, cuerpos pesados, gastados, menudos, cotidianos.

Y como la lluvia transformada en luz que utiliza en su Dánae calienta la estancia y a su dueña, sin aspavientos, sin grandilocuencias, Rembrandt comenzó a calar cada vez más hondo en mi manera de mirar. Y me enseñó a hacer algo que siempre cuesta trabajo, y que pienso que define al artista más que cualquier otra cualidad: me enseñó a bajar.

Porque engolar la voz, utilizar el desdén, levantar la ceja y embutirse del gesto lejano del genio en sus alturas, no son, a mi entender, los caminos del arte.

Por el contrario, bajar la vista nos hace tropezar con nuestros propios pies, reconocer nuestro suelo, amar lo “ruîm en voçé” (que dirían Pessoa o Linspector, no recuerdo ahora); Bajar es conocer lo pequeño, valorar lo sencillo, eludir lo ampuloso. Sentir que verdad es una palabra hueca propia de iconografías barrocas de yeso, mareantes en su exceso de verborrea.

Bajar es reparar, y a eso iba, en la rebaba que deja el punzón sobre el metal y no detenerse a retirarla, dando de lado a la limpieza y encontrando un vahído brumoso. Es dejar que las líneas trazadas se esfumen sin cerrar contornos prisioneros. Es entender que la luz ya está en el papel, que un rectángulo bien entendido es un universo.

Bajar es tomar lo que otros desechan, descubrir lo que parece inservible. Mirar con ojos nuevos lo que la rutina del trabajo o la costumbre de la limpieza nos habían quitado de en medio.

Y eso hace Rembrandt: rechazar lo “bien hecho” para reparar en lo menospreciado. Elegir el temblor en la línea, el metal áspero en lugar de pulido. Asumir que los materiales pueden doblegarse para que sirvan a nuestras intenciones, pero que es mejor entender su naturaleza para aprovecharla por entero.

Dicen que Rembrandt limpiaba sus pinceles en las mismas mangas de su camisa y a mí no me cuesta imaginármelo así, aprovechando el trozo de tela más cercano, aunque formara parte de su propio atuendo, para limpiar con urgencia el pincel, absorto en su trabajo, sin querer apartar sus ojos de la obra, no fuera a escaparse lo que casi estaba a punto de aparecer.

Y en esa urgencia en el hacer con todo lo que hubiera a mano, me lo imagino también desarrollando el trabajo pequeño del grabador, descubriéndolo no sólo como herramienta para la difusión, sino como medio expresivo con cualidades propias. Ayudándose para ello de cuanto accidente o herramienta apareciera en su camino, persiguiendo gráficamente la conmoción que causan los dos milagros realizados a la par: el del muerto que resucita, y el del artista capaz de incorporar cuanto de vivo haya en las herramientas que maneja.

Lo que os propongo hoy es, en definitiva, una elección: armadura o carne; tersura o arruga; dioses o personas. Visitad la exposición, luego lo hablamos.

Nono Granero

Exposición: “Grabados de Viejos Maestros Europeos”. Hospital de Santiago de Úbeda. Hasta el 25 de Abril de 2010.

Y para ampliar sobre Rembrandt y sobre el grabado, os recomiendo visitar la página oficial de una exposición organizada por la Fundació Caixa Catalunya, la Biblioteca Nacional de España y Bibliothèque Nationale de France entre noviembre de 2005 y enero de 2007: Rembrandt. La luz de la sombra”,

lunes, 12 de abril de 2010

Un cuento falso

Al revisar el dinero de su cartera, Felón Artero descubrió que el único billete de 50 euros que llevaba era completamente falso. Tan completamente falso que se notaba al kilómetro, tal era su tosquedad, obscena e hiriente, una burda fotocopia, vamos, coloreada tan chapuceramente que sólo a un estúpido como a él se la colarían. Ya imaginaba la risa contenida del alma innoble que lo había puesto en su mano, la del bandido malicioso que lo había deslizado disimuladamente hasta sus dedazos torpes aprovechando un descuido, articulando en el despiste una artimaña de palabras a modo de escudo. -“Ah, qué idiota – pensó – el mundo está lleno de falsedad”. Dejó al billete que durmiera el sueño de los tontos hasta que le apremió la necesidad y decidió deshacerse de él. -“El mundo está lleno de falsedad …y de estúpidos”, se dijo. Y era necesario encontrar a otro, en la medida de lo posible, tan estúpido como él. -“Mira Antoñita, la cajera del supermercado, que es muy guapa sí, pero no muy despierta, que toma el dinero sin mirarlo, aturdida con tanto pí-pí-pí y tanto código de barras”. Nervioso, pero decidido, Felón Artero se fue al supermercado, cogió una botella de vino y se acercó a la caja. Saludó ladinamente a Antoñita la cajera y dejó caer el billetajo. Ella lo tomó y mirándolo a los ojos muy fijamente, le devolvió cuarenta y cuatro euros, en cuatro monedas sueltas y dos billetes de veinte. Alegre, Felón Artero se fue a su casa. El contento le duró hasta que comprobó que los dos billetes de veinte euros eran completamente falsos. –“Dios, hay más falsedad en el mundo de lo que yo pensaba”. Regresó al supermercado con la intención de arrojarle a la cara los dos billetes a Antoñita la cajera, pero es que su cara era tan bonita, que al verla, así, a media distancia, tan frágil, se guardó el dinero, se acercó a ella y la invitó a cenar. En el restaurante Las Flores, todo era artificial, la mesa de formica, el vino de garrafa y las flores de plástico. No les importó, la carne de bote se mezcló con las palabras caducadas y el vino corrió generoso por sus gaznates. Les atendió un camarero cejijunto y cuellicorto, al que a la hora de pagar la cuenta, le endosaron los dos billetes falsos de veinte euros. Peleones de vino y borrachos de deseo, se fueron para la casa de Felón Artero. Después de una noche de pasión, Felón Artero se despertó un poco desconcertado, muy resacoso y bastante contento. “¡Ah! Lo único verdadero que existe en el mundo es el amor”, pensó. Luego giró la cabeza y comprobó aterrado que, en realidad, había pasado la noche con el camarero cejijunto y cuellicorto del Restaurante Las Flores. ______________________________ Luis Foronda.- _______________ Dibujo de Nono Granero.