Todos los sábados de 1 a 2 de la tarde en RADIO ÚBEDA - CADENA SER (En el 101.5 de FM ó en www.radioubeda.net) Dirigido y presentado por Luis Foronda.
miércoles, 18 de mayo de 2011
Pregunta Número 11
miércoles, 30 de marzo de 2011
Pregunta número 9
miércoles, 9 de marzo de 2011
Pregunta número 8
miércoles, 2 de marzo de 2011
Hércules mareado en la encrucijada
He recordado estos días, al hilo de las últimas exposiciones que he visitado, algunos anuncios de la tele. Intentemos recordarlos juntos: hace como un año o dos, un chico salía y comenzaba a multiplicarse según las opciones que se le presentaban en su vida diaria: ¿Rubia o morena? ¿Soltero o casado? ¿Al cine o al fútbol? Y con cada nueva opción, el chico se clonaba en un plís-plás y llegaba a todas. Pero no sólo él. En otros anuncios nos insistían: No renuncies a nada. Todo a tu alcance. Te lo mereces todo. Para mayor gozo de la Academia de la Lengua, la Ye de una bifurcación unía sus ramas y quedaba un solo camino de I -antes latina-, para que no tuvieras que elegir y tu coche fuera a la vez deportivo y familiar, todoterreno y furgoneta. Y tus yogures contienen chocolate que no engorda y le ponen calcio y cereales para que sea a la vez saludable y también sabroso. ¿Por qué renunciar, por qué elegir, cuando puedes tenerlo todo de una tacada de un golpe, vivir mil vidas de una vez?
Igual no es necesario decirlo, porque nuestros avisados oyentes ya lo saben, pero lo haré: la publicidad miente. Así, sin más. No es posible esta multiplicación extenuante. Y de serlo, a ver quién era el guapo que la aguantaba.
En arte, además de imposible, es contraproducente. El artista –creo que alguna vez ya lo hemos comentado-, es precisamente una persona que toma cien decisiones por segundo al ritmo frenético de un ordenador sobrecalentado. O debiera serlo. En menos de un segundo Cartier-Bresson decide mover un milímetro la cámara para que el encuadre y el instante queden perfectamente delimitados, congelados.
El poeta sabe que no es lo mismo alféizar que rebajo, porque, significando lo mismo, el uno eleva y el otro pesa. Y por eso cuida cada palabra como si fuera única, y la acompaña de aquéllas que le favorecen el aire, como quien cuida el color de su indumentaria y mira que se lleve bien con sus zapatos, sabedor de que la impresión de su figura puede depender de pequeños detalles.
Elegir así flores o rayas va contando cosas antes de que uno abra la boca, del mismo modo en que, por poner un ejemplo que ahora mismo tenemos a mano, (a ojo, debiera decir), la selección que hace un jurado como el que premió el cartel de carnaval de nuestra ciudad en esta ediciónn, habla de desconocimiento, inconsciencia o falta de respeto hacia el resto de participantes en la convocatoria quienes, a no dudar, dedicaron tiempo y trabajo a confeccionar propuestas pensando en hacer algo interesante, estimulante o digno empleando sus saberes.
Elegir, seleccionar, desechar. Mostrar lo mejor de la casa. Así debiera ser cada exposición con la que nos encontrásemos en una sala. Pero, no sé yo si a causa del influjo de la publicidad, del ansia de aprovechar un momento entrando a saco con todo el arsenal de que dispongamos o, sencillamente, porque habiendo cosas y espacio, para qué detenerse a reflexionar, el caso es que últimamente, cada vez que entro en el Hospital de Santiago me encuentro apabullado en medio de una vorágine de obras que se colocan barajadas, amontonadas, casi arrojadas en montones sobre las paredes, interfiriendo unas con otras y mareando y confundiendo a quien quisiera espacio limpio para la contemplación.
Y me entristece ver trabajos más que interesantes ensombrecidos por la acumulación, por la verborrea, por la insistente multiplicación de elementos en una superficie reducida, por una incontinencia que acaba fatigando nuestros ojos, incapaces de parar sobre una obra que, a buen seguro en otro entorno, presentada de otro modo, sería fuerte mazazo y sensación profunda.
En fin. No por eso dejaré de recomendar la visita; porque yendo de lado, buscando un sorbo pequeño, y abandonando la sala mientras nos prometemos otra visita antes del mareo o la borrachera, seguro que podremos saborear el licor intenso de algunos reportajes fotográficos que muestran realidades ajenas con exotismo de poesía oriental, o con miradas que renuevan el objeto humilde en que se posan equiparándolo en interés al de catedrales o milagros como cuerpos.
Pero al salir y ver a los dos tenantes gigantescos de la escalera del Hospital, recuerdo el cuadro de Aníbal Carracci que nos presenta a Hércules en la Encrucijada, dudando entre la áspera senda que conduce a la gloria o la cómoda cercanía que se encuentra a la mano, repleta de músicas y juegos sensuales, rebosante de atractivos y entretenimientos. Y no puedo dejar de desear que los artistas acaben entendiendo que el héroe siempre tiene el deber ineludible de elegir. Y que Aquiles sabía tan bien como Cúchulain que no son compatibles para el guerrero la vida larga y la memoria épica. Y que mantenerse con un pie en un caldero y otro sobre el lomo de una cabra, aunque demuestre destreza, nos expone al lanzazo del olvido por acumulación.
Luz y Color: Amparo Sánchez Moreno (óleos) y Juan Vidal Pintor (fotografías).
Espacio Propio. Exposición colectiva de Fotografía. (Ambas en el Hospital de Santiago de Úbeda)
Indecente Cartel de Carnaval. En cualquier pared y escaparate de Úbeda.
miércoles, 23 de febrero de 2011
Pregunta número 7
miércoles, 9 de febrero de 2011
Pregunta número 6
miércoles, 2 de febrero de 2011
Estampa en primera persona (Recordando a Domingo Molina)
Frías, oscuras las tardes, muy calladas. Escaleras de piedra y salas con eco. Retumban los pasos y las risas escasas y todo aparece con la seriedad de lo trascendente. Hay pocas personas y todas escapan de la norma, no sólo por el motivo que las hacer reunirse allí, sino por el aspecto o la manera de mirar tan particular que comparten. Una chica muda con los ojos muy grandes demuestra que habiendo manos no hacen falta palabras. Un hombre mayor, de aspecto adusto y atemorizador, esconde un brazo pequeño mientras compensa con creces la merma haciendo alarde de habilidad con el otro. Un adolescente grande, que se ríe con la boca floja y los ojos algo al aire, fija sobre el papel lo que uno cree inalcanzable. Y entre ellos circulan, a ratos muy serios, a ratos con la curiosidad divertida de los niños, dos criaturas pequeñas que todo lo observan de lejos, sin atreverse demasiado a molestar a quienes parecen modelos a imitar, a quienes marcan el camino de la pericia que aún hay que recorrer.
Entre estos seres, en esa atmósfera de vaho húmedo que arrojan las farolas anaranjadas, y moviéndose en la débil luz de un patio al que se asoman curiosas algunas gárgolas renegridas, cruzan como sombras profesores nervudos. Ellos son aún más inalcanzables que las cámaras altas de las torres a las que, de vez en cuando, puede subirse con escaleras de palos. Y aún más inalcanzable es el atisbo de lo que cuecen sus mentes, de cómo trabajan sus manos, de cuál es la defensa que hacen de ese arte del que hablan pero que rara vez vemos aparecer completo, del que sólo alcanzamos a percibir un breve destello en la corrección precisa que tacha nuestros intentos.
Pero no todos son así. Desde nuestra escasa altura, mirando de reojo, como asistiendo al desnudo de una vecina invitada en casa que no repara en nosotros, y frente a la que aparentamos indiferencia para sujetar nuestra avidez, vemos trabajar a un maestro. Coloca cinta de carrocero –de pintor también la llaman, aunque la usen los de brocha gorda y eso lo haga parecer casi un sacrilegio, una ruptura desafiante de esa convención no escrita pero asentada desde siempre en nuestras conciencias-, para ir reservando el color de lo ya realizado sólo en ciertas partes. Hay sobre el caballete un globo aerostático o dos, y espacio reservado para algunas letras. Azules oscuros, azules claros. De espaldas, con paciencia milimétrica avanza la obra que, y esto también parece magia o novedad, no tiene motivo, apunte o referencia a la vista.
En un momento dado, el artista-maestro de pelo blanco, al que casi no hemos visto la cara, abandona el trabajo sin darle mayor importancia, sin buscar una mirada de complacencia o de refuerzo que sostenga lo que ha hecho, y sale de la habitación sin asomo de arrebato febril, de frenesí creativa o de locura de genio. Sale de la habitación sin más.
Meses después encontraríamos esa obra reproducida cien veces, anunciando desde los escaparates de la ciudad la Feria de ese año. Y lo que parecía entonces misterio se convertía ahora en potencia abierta, en utilidad y finalidad de un arte que todo el mundo podía compartir. Y en el mundo monótono de la cartelería se abría de pronto una ventana diferente, una grieta en la habitual propuesta de barroco doloroso o de figura y edificio de piedra sostenidos por los años.
Y luego, ya más grande, en la Farmacia, en la Caja de Ahorros, en cualquier rincón de la ciudad, podía uno volver a encontrarse abiertamente con obras que continuaban hablando de esa otra posibilidad de lenguaje que tanto costaba encontrar alrededor y que el autor se empeñaba en sembrar por los lugares más comunes, como un antídoto contra la repetición estética que todo lo envolvía.
Así sembraba calladamente Domingo Molina, quizá sin saberlo apenas, marcando las cartas de mi interés y de mi futuro sólo con su obra y su actitud de búsqueda constante, de elusión de la complacencia, de interés por estructuras híbridas que fuesen más allá de lo visible. Y aunque tuve en su día, no hace mucho, la oportunidad de decírselo y de conversar con él acerca de estas cosas, ahora que se ha muerto, quería volver a contarlo, quizá para recordármelo a mí mismo, mientras intento que no se me olviden las lecciones que me dio, no como el maestro que no tuve, sino como el artista que quiso y supo hacerse presente a nuestro alrededor.
Así que hoy perdonadme la digresión personal: es que el Arte, como los sentimientos y las enseñanzas, sólo se entiende en primera persona.
miércoles, 26 de enero de 2011
Vuelan alto pajaritas de papel

“Puedo […] asegurar que, aunque parecieran unos pocos segundos… mi padre tardó noventa años en caer de la cuarta planta.”
Así acaba el breve prólogo con que se abre “El Arte de Volar”, una obra maestra del cómic que me ha sorprendido estos días gratamente por lo intenso de su peripecia y por las cotas de intensidad a que llevan al lector Antonio Altarriba, transformando en guión la vida de su padre, y Kim haciéndola visible.
A partir de ahí, del momento en que el protagonista elude la vigilancia de la cruel residencia de ancianos en que se halla internado y se lanza a volar, cada planta que recorremos con el suicida en su caída supone la memoria de un tiempo concreto de su existencia. Y vislumbramos en sentido descendente, con el tiempo ralentizado hasta adecuarlo al ritmo de la memoria, una historia callada, silenciosa, sin grandes acontecimientos ni asomo de epopeya. Asistimos a una vida que se antoja reflejo y síntesis de la de miles de personas que compartieron tiempo y peripecias.
En ella se entrecruzan otras personas que entran y salen (como en El Túnel de Sábato), que ofrecen y que niegan, que acorporan y acompañan o que restan fuerza y dan resabio verde. Personajes en que cristalizan nuestros amigos de infancia como ejemplo de lo soñado entonces y personajes que recuerdan a alguno de esos maestros que, cuando era pequeño, repartían mala baba queriendo hacernos creer que la crueldad en que se recreaban era en realidad ejemplo de prudencia y sabiduría destilada por los años.
Vuela la historia a cada página que pasa y nos hace acelerar como un cuerpo que contempla lo inminente de la caída. Y tomamos tierra de la mano de un guión que dosifica con sabiduría cuanto narra, trufando sorpresas agradables y asomos de futuro en la grisura doliente de la guerra y de la época. Y en medio de ese rasante que elude la amabilidad sin caer en lo desagradable, aparecen brillando muy de cuando en cuando, como joyas preciosas, destellos de metáfora y de invención que hacen que, lo que percibimos de manera casi secundaria, lo que subyace soterrado en los comportamientos de los personajes, cobre línea y forma para explicar la realidad como sólo saben hacerlo la poesía, lo ficticio y lo inventado.
El dibujo térreo que adopta Kim para dar carne y ambiente al proyecto funciona así como doblemente efectivo, utilizando el símbolo para interpelarnos vivamente en la interpretación de lo que vemos, para sacudirnos una imposible modorra y para hacernos aún más conscientes de que lo oscuro no es sólo negrura, sino profundidad en la que es necesario penetrar.
Y pese a toda esta dosis de aspereza, late en el fondo de la obra el gusto por la vida y, sobre todo, una profunda convicción de que el sufrimiento no es algo necesario e inamovible, al menos ente las personas que, como nudos, conformamos la misma red. Una certeza de que existe la posibilidad de hacer que amables pajaritas de papel de regalo vuelen igual que aviones, tintadas únicamente por nuestra intención de hacer un entorno más colorido, ligero, comprometido y solidario.
El Arte de Volar. Antonio Altarriba y Kim. Edicions de Ponent. Alicante, 2010.
jueves, 20 de enero de 2011
Pregunta número 5
miércoles, 12 de enero de 2011
Esta ronda va de nuestra cuenta
Comenzaré hoy haciendo un poco de historia pequeña: hace alrededor de un año, comentamos en esta Balda del Arte una exposición en un lugar atípico. Intentando, como lo hacemos siempre, que el arte no sea algo ajeno a nuestros mundos particulares, sino una posibilidad de enriquecer y ampliar horizontes en nuestra casa, aplaudíamos la iniciativa que el pub La Beltraneja de Úbeda tomaba: utilizar las paredes del local para algo más que envolver personas con copa en la mano.
La idea, desde luego, me parecía interesante. Y me gustaba imaginar grupos de amigos en los que alguien, en mitad de una conversación a punto de naufragar por el embate fuerte de la música o la marejada bramante del resto de las voces, lanzaban su vista alrededor y, como quien arroja un cabo a puerto, anclaba por un momento su mirada en el mapa de un cuadro que, como una sirena, lo encantaba por un instante.
Y luego, ya de vuelta, esa experiencia haría virar la conversación hacia otra costa, cambiaría el rumbo empujada por el viento de un hombro de grafito, o por la irreverencia blanca de una virgen con ratón. Y aunque hay quien piensa sobre estas propuestas que quizá el sitio no es el más adecuado, es justo eso lo que, precisamente por parecer tan a contracorriente, siempre me resultó más atractivo.
Quizá sea entonces por recoger el guante de esa objeción y responder aún con más empeño en la defensa de la necesidad de impregnarlo todo con la espuma del arte y la intención, por lo que hemos montado la exposición de que hoy quiero hablaros brevemente.
Y digo hemos, porque está hecha a cuatro manos, o a dos voces, que no son otras que las que ahora mismo andamos por este espacio de las ondas.
Los fieles a esta cita ya sabrán que suele comenzar con una Historia Introductoria que Luis Foronda inventa para engrosar los anaqueles de esta Librería. Y los muy fieles conocen también el blog que, desde hace dos años, acompaña y complementa este programa. En él, desde su comienzo, compartimos proyecto él y quien escribe esto, ampliando el relato que viaja por el aire con una imagen que lo hace por los píxels.
Esos cuentos nacen con fuerte vocación de brevedad, acuciados por las condiciones del medio. Y así lo hacen también los dibujos que las acompañan, en un juego que, semana tras semana, nos mantiene expectantes, ilusionados, y en forma, con los reflejos alerta, descubriendo cada día más historias alrededor, y más detalles que se convierten en trazo para construir otras realidades que, lejos de ser verdaderas, resultan por ello espoleadoras para el lector de imágenes y textos –que las dos cosas se pueden y se deben leer-.
Así que permitidnos comenzar este año con una invitación a lo que es nuestra fiesta: un lugar que colonizar, también, para el arte y la lectura. Os invitamos a pasar por La Beltraneja y a paladear Wisky doble y otros relatos verticales, once obras que pueden embarcaros, entre sorbo y sorbo, en otros mares de tipo y tinta con los que conocer horizontes distintos.
Nono Granero
jueves, 16 de diciembre de 2010
El lápiz es el imán de mi brújula
Preguntaba el robot la semana pasada acerca de los materiales tradicionales del arte, poniéndolos en cuestión a la luz verdosa de lo digital. Y aunque es costumbre en esa sección que yo no comente nada al respecto, algo voy a tener que decir, al hilo feliz de la exposición que recomendamos hoy.
Porque frente al machacón cliqueo del ratón o a la superficie deslizante de la tableta gráfica; frente al comando abreviado y a la luz de frente, hay herramientas que, como el libro que algunos hoy cuestionan, son inmejorables.
Cuento una pequeña historia que no sé si habré relatado ya en alguna ocasión: Dicen que cuando los estadounidenses comenzaron con sus paseos espaciales, se encontraron con un problemilla de ésos que parecerían tontos si uno no se encontrase flotando en el vacío. Resulta que allí arriba, en entornos de ingravidez, los bolígrafos no funcionaban. Si habéis escrito alguna vez la lista de la compra en el papelito que hay pegado con los imanes al frigorífico, también lo habréis comprobado: sin la ayuda de la gravedad, la tinta no cae.
Pues bien: tras investigar mucho –ya sabéis que a cosas como ésta debemos el velcro, una de los mayores hallazgos del mundo moderno-, diseñaron un bolígrafo “con corazón” ¿os suena el eslogan? Esa pequeña maravilla bombeaba la tinta, estuviese en la posición que estuviese.
Los rusos, en ese pulso espacial frenético que sostuvieron, también tropezaron con la misma piedra. ¿Cómo lo solucionaron, teniendo, según parece, menos presupuesto? Muy sencillo: utilizaron un lápiz.
Y es que el lápiz es, probablemente, la herramienta artística por excelencia, capaz de llevarnos cogidos de su mina a cualquier territorio.
Podemos comprobarlo en la exposición de Rubén Villagrasa que se muestra estos días en el Hospital de Santiago de Úbeda.
Fijaos qué sencillo y, a la vez, qué intenso: elige el artista un lugar en el espacio de su papel –que, además, no es un papel cualquiera: también los papeles proponen ideas y sensaciones-, y posa la punta de su lápiz para dar a luz a un punto inquieto y decidido. Éste comienza su camino trazando una línea recta en su avance preciso. Y, en un momento dado, quizá sin que se sepa exactamente por qué, el lápiz se detiene, elige otro punto y vuelve a comenzar una y otra vez, incansable.
Como un mantra mil veces repetido, la línea que nace y se para, que se coloca un poco más lejos e la primera, un poco más inclinada que la anterior, comienzan a convocar ecos y resonancias de espacio. Y comienzan a aparecer superficies que se entrelazan en un tapiz de recodos y recovecos por los que la mirada que todo lo seguía atenta, juega a entrar y a salir, a perderse y a encontrarse. Tejido, laberinto, tela de araña, poco importa. Lo increíble es cómo la labor callada y concentrada fuerza los límites de lo que va existiendo conforme se lo crea.
Y como los personajes de una novela que, ante la mirada estupefacta del escritor que los ideó, llega un punto en que se independizan y actúan de un modo insospechado pero inevitable, así el papel cede a las presiones cambiantes del lápiz, a sus gruesos caprichosos y a su rigor en lo imprevisto.
Y como la gota que horada la piedra; como el líquen que cubre esa misma roca y la envuelve con su red creciente de óxidos, va cambiando la obra de arte nuestra mirada paciente haciendo crecer en ella el gusto por la pausa o el devaneo.
Porque como bien sabía N’gué N’domo, la única manera interesante de hacer ruta es la de prolongarla perdiéndose a través de lugares inexistentes hasta el encuentro de nuestro paso con la ayuda voluble de esa aguja afilada entre puntos cardinales que es un lápiz curioso.
Nono Granero
Laberintos: 20 dibujos y 4 pinturas de Rubén Vilagrasa Valero. Hospital de Santiago de Úbeda, del 2 de diciembre al 9 de enero
jueves, 9 de diciembre de 2010
Pregunta número 4
miércoles, 1 de diciembre de 2010
Arañas y pájaros.
Miro desde la ventana a los gorriones inflando las plumas ante el frío que llega. Vecinos desde siempre, creemos conocerlos, saber cómo son. Pero, ¿cuántos de nosotros distinguiríamos al macho de la hembra? ¿Cuántos de nosotros advertimos el cambio de plumaje del invierno a la primavera?
Pienso en pájaros mientras pienso en arte, inducido quizá por las cosquillas que me provocan las plumas en las salas escasas de exposiciones, y pienso en estos vecinos que de tan conocidos, de tan vistos, de tan sabidos, resultan en realidad invisibles. Pongo un ejemplo:
Yo pensaba este verano pasado que sabía quién era Otelo. Y me bastó leerme el texto, obligado por un curso en el que lo íbamos a trabajar, para darme cuenta de que no era así. Pasaba página tras página y no paraba de sorprenderme lo mezquino de Yago, lo atroz de su maquinación, lo taimado de sus manejos. Una y otra vez me entraban ganas de intervenir para aclararle al engañado lo que veía y advertirle de lo que descaradamente tejía ese tipo sin conciencia lleno de mala leche revestida en envase de dulce.
Luego, acabada la obra, me entró la duda: ¿yo sabía entonces quién era Hamlet? ¿Por qué Lear perdía su reino? ¿Debería comprender a Coriolano? Me di cuenta entonces, enlazando lectura tras lectura, de que hablamos a veces de esos hitos gigantes de la historia del arte o la cultura como podríamos hacerlo de la montaña que vemos a lo lejos en el atardecer y de la que sabemos su nombre sin haber caminado nunca sus senderos.
Por eso vengo a proponeros un vuelo fuera de las jaulas, que nos acerque, gracias a la magia a veces simpática de ese invento que es Internet, a observar de cerca y a nuestro capricho una de esas obras que uno cree conocer hasta que tiene la ocasión de recorrerla en su totalidad, aunque sea virtualmente.
Apuntad la dirección que me envió Guadalupe (a quien, por cierto, aprovecho para dar las gracias desde aquí):
http://www.vatican.va/various/cappelle/sistina_vr/index.html
Podremos aquí contemplar la Capilla Sixtina, sin aglomeraciones, girando la cabeza como un torcecuello y elevándonos hacia cualquier rincón para verlo detenidamente desde cerca, parados en el aire como un colibrí.
Disfrutaremos así del verdadero alarde de genio en la creación de posturas y figuras, de su disposición casi medieval en el aprovechamiento de los huecos de una arquitectura fingida, de las raíces iconográficas revisadas y sobre las que se erigieron las nuevas imágenes, y, sobre todo, de la inigualable riqueza a que el amor por la representación de los cuerpos lo llevó en volandas. Escorzos para un Jonás que desconocía, ignudi que se vuelcan y se retuercen sobre sí mismos, medallones que proponen enigmas nuevos que resolver en lo que antes parecía familiar y controlado.
Os invito, ya que el tiempo es malo para la ornitología en campo abierto, y ya que, aunque me encantan las aves, nunca me gustó una jaula, a volar libremente cerca del techo de la Sixtina, descubriendo a vista de pájaro esas cosas tan sabidas que, quizá por eso mismo, resultan, al final, desconocidas.
Nono Granero
miércoles, 24 de noviembre de 2010
Pregunta número 3
miércoles, 17 de noviembre de 2010
Contemplar, conocer.
Porque imbuidos como estamos de ideas estéticas que, si no andamos con cuidado, se vuelven pilares inamovibles que nos incapacitan para probar otros platos, las imágenes de Celestino Mutis, cuya pretensión no era la de emocionar con los medios utilizados, sino la de ofrecernos aquello que andaba lejos de nuestros ojos, nos parecerá casi anacrónica.
José Celestino Mutis, nacido en Cádiz el 6 de abril de 1732 era, en realidad, matemático, sacerdote y, lo que más nos interesa, botánico. Pero sumaba a todo ello la habilidad y la formación necesarias para llegar al fondo de lo que estudiaba con otras herramienta, aparte las linguísticas, numéricas o ilógicas.
En esos tiempos sin cámara de fotos, Celestino, con paciencia y dedicación de científico, componía –porque lo hacía con intención-, láminas en las que mostrar las formas concretas de las plantas nuevas con que se iba topando en sus viajes de descubrimiento.
Con autores como Celestino Mutis o Audubon comencé yo a dibujar naturaleza y a disfrutar de la disposición rica de las plumas, de la variedad de texturas inimaginables a priori de un ave o de una planta. Y entendí por qué se enseñaba en las escuelas del XVIII y del XIX (y en el XX hasta hace poco) a manejar el lápiz.
Lo saben todos aquellos que se acercan al dibujo y lo asocian a una disciplina: El dibujo hace lo que otras herramientas no pueden: elige, remarca, destaca, selecciona, elude, enfatiza. Muestra selectivamente y propone, no sólo mímesis, sino conocimiento. Y si alguien piensa que para eso andan la cámara y el microscopio, me permito remitirlos al reportaje de National Geografic del pasado mes de septiembre, y a la nota que acompaña las fotografías hechas a huevos de insectos: las imágenes resultantes fueron coloreadas para reproducir el aspecto natural de los huevos, dice. Y el PhotoShop, aunque sea en ceros y unos, no deja de ser una herramienta de dibujo.
Dibujos, pues, que abren las mismas puertas de la fascinación, en su detalle, casi de la misma manera en que lo hacen las palabras que los acompañan. Porque nombrar, como bien sabían quienes escribieron las cosmogonías del mundo, es crear. Y decir “Passiflora Adulterina” ya empuja la imaginación por nuevos territorios.
Por eso hoy, frente a la afirmación del individuo sobre lo que le rodea, frente a la pretensión legítima pero a veces ortopédica de la búsqueda del estilo, frente a la postura soberbia del que se quiere autorreferencial, sorprende la limpia humildad, la constancia y el paso atrás que da quien, únicamente, utiliza su arte para comunicarnos a todos, para compartir con nosotros el milagro cotidiano que nos rodea y en el que a veces somos incapaces de reconocernos, aunque seamos parte integrante del mismo.
'Imágenes del paraíso'. Real Jardín Botánico Madrid. Hasta el 23 de enero de 2011.
domingo, 7 de noviembre de 2010
La Materia del Arte
Hablando el otro día sobre Alfonso X el Sabio, me vino a la cabeza una de las historias que, en sus Cantigas de Santa María, se cuentan acerca de un milagro con pintor incluído.
Estando el buen hombre subido a un andamio, pintando una imagen de Nuestra Señora, vino el Diablo y, como le gustan menos esas imágenes que tomar la sopa fría, no tuvo otra ocurrencia que dar al traste con toda la estructura, para que el creador se diese un sopapo que le quitase las ganas de andar dibujando santos.
Pero he aquí que, nada más perder pie, el pintor lanzó los brazos hacia arriba y encontró que la imagen misma que pintaba le sostenía, impidiendo que diese con sus huesos en el suelo, y añadiendo, de paso, una página preciosa al libro de las Cantigas.
Comentando esta ilustración, dice Philip Ball en “La invención del color”: “escenas como ésta ilustran la creencia de que un icono o cuadro bien hecho poseía una verdadera eficacia religiosa” Y añade como colofón: “El uso de materiales preciosos, como el oro o el ultramar […] no revela solamente el deseo de manifestar piedad sin reparar en gastos, sino la esperanza de incrementar así la potencia sobrenatural de la obra”.
Viene todo esto a cuento de una exposición que termina sus días este fin de semana. Porque el Arte, hoy, deja atrás los márgenes impuestos por la consideración de un material considerado noble frente a otro más humilde. Y cualquier objeto o sustancia puede elevarse a la concepción de componente artístico.
A partir de lo dicho, podríamos preguntarnos entonces, dónde radica la clave para hacer que materiales con un significado previo sean capaces de adquirir una dimensión diferente? ¿Con qué herramientas –una vez abandonados los pinceles-, puede conseguirse la efectividad artística que les dé, en palabras de Ball, potencia sobrenatural?
Una de esas herramientas, la que hoy nos interesa, es la repetición.
Nosotros, los seres humanos, estamos preparados para ella. La buscamos desde pequeños: en los cuentos acumulativos, en la reiteración de un sonido o de un lanzamiento. Repetir es entender, es crear estructuras para la memoria y para el conocimiento.
Lo corroboro escuchando en la radio una canción: “que si la falda es larga/ que si la falda es corta/ que si la tela es mucha/ que si la tela es poca/…”
O sea, ritmo y rima al servicio de una idea.
Pero no basta con eso. Y es ahí donde más me ha sorprendido la obra de Ramón Garrido, a quien le conocía otras propuestas más conceptuales.
Porque no sólo rescata, acumula y suma, sin más, objetos usados o encontrados, sino que los yuxtapone para, rima, rimando, forjar nuevos poemas haciéndonos olvidar –y ahí radica el interés de la propuesta- , lo que eran antes.
Jugosísimos resultan por tanto los trabajos de la serie “Reiteraciones Significantes”, de los inicios maduros de su trabajo, tanto como las últimas composiciones amarillas del proyecto “Tiempo de Crisis”. La madera, los clavos, los hilos, los sujeta pábilos de las velas (que no sé cómo se llaman exactamente), las etiquetas llamativas para las ofertas y hasta las latas de aceite se transforman en ciudades, cuerpos y, en un zoom sutil que busca ahondar en lo humano desde lo que desechamos, hasta en pieles dulces construidas con acero, o en sencillos poemas que se elevan deprisa para caer lentamente hasta el suelo.
Coger lo conocido y llevarnos hasta lo desconocido. Ése es el marco sin límite en que se mueve el buen trabajo artístico.
Y ahí es donde radica el verdadero milagro que nos proporciona el arte.
Nono Granero
“Pens ar, Cre er , Sent ir (verbos en infinitivo)". Exposición de Ramón Garrido Martínez en la Sala Pintor Elbo del Hospital de Santiago de Úbeda.
jueves, 28 de octubre de 2010
Introducción a las Preguntas de un Robot
Hoy vamos a comentar una iniciativa muy curiosa en la que, afortunadamente, tengo el gusto de participar.
A nadie se le escapa la importancia de las últimas tecnologías en nuestra vida, a todos los niveles. A mí me interesa especialmente el campo de la Inteligencia Artificial y los Modelos Psicotecnológicos que constantemente investigan y proponen estructuras paralelas que emulen nuestro cerebro, con la intención de comprender mejor cómo se construye el conocimiento en un individuo.
Cuando hablamos de IA y de Robots, como es este caso, casi todos nos imaginamos antropoides metálicos capaces de realizar de manera perfecta e infalible lo que a los seres humanos nos puede llevar más tiempo y esfuerzo. Pero la realidad es que las cosas van más despacio de lo que a los aficionados a la ciencia-ficción nos gustaría. Y os pongo el ejemplo en el que trabajamos para ilustrarlo.
La Universidad Algebraica Internacional de Noruega y la Politécnica Mecánica de Alburquerque, colaboran desde hace poco más de un año en un proyecto para la construcción de un robot inteligente.
El RWM-1.015 (que es el verdadero y frío nombre del robot), está siendo, digamos, “educado”, en un experimento que pretende esclarecer cómo se articula el conocimiento de ese cúmulo de saberes, ideas, y experiencias colectivas que llamamos cultura en la mente de un individuo.
Lo más interesante y curioso del caso es que el Robot, que venía alimentándose pasivamente de datos, en un momento determinado del programa ha comenzado a realizar preguntas.
A mí me envían –y esa es la pequeña colaboración de que hablaba-, las que formula relativas al campo de las artes visuales, en un sentido bastante amplio. Y como considero que resulta bastante interesante comprobar cómo se ve el mundo con ojos nuevos, aunque sean de silicio y sin pupilas, he pensado compartir, dentro de esta Balda del Arte, algunas de esas preguntas.
No tengo la pretensión de responderlas aquí. Pero considero que cada uno de nosotros, al escucharla (o leerla) podrá reparar en pequeñas cuestiones que, quizá por la inercia que nos proporciona nuestro propio saber establecido y nuestra inercia en la mirada sobre el mundo, no habríamos advertido de otra manera.
Queda abierta, sin embargo, la puerta, a cualquier comentario al respecto, si es que a alguien le apetece hacerlo, en el canal que nos brinda este blog.
Y si no fuera así, siempre podremos compartirla tomando un café con cualquier amigo o con cualquier conocida en la mesa de algún bar que no tenga la televisión demasiado alta.
Por cierto: para conocer la pregunta, tendrás que pinchar en el vídeo de arriba, si es que no lo has hecho ya.
Nono Granero y RWM-1.015
miércoles, 20 de octubre de 2010
Fantasía, dibujo y realidad
Comencemos esta nueva temporada con un sencillo experimento de creación de formas, como corresponde a esta Balda del Arte: Tómese por los extremos una cinta de cartulina rectangular. Gírese una de las manos 180º y únanse los bordes de la tira. Obtendremos un objeto muy particular que se conoce como banda de Moebius, y que tiene la particularidad de no tener más que una cara, aunque parezca lo contrario.
Para comprobarlo, pasen el dedo recorriendo la superficie y se darán cuenta de que no encontrarán obstáculos para seguir haciéndolo de aquí a Navidad, a no ser el hambre de las dos de la tarde o una contractura provocada por el movimiento incesante.
¿Arte, entonces, o matemáticas? Dejemos a August, el matemático, y quedémonos con el artista para comentar una exposición que no veremos: la que se inauguró el 10 de Octubre en París con el título , “Moebius-transe-forme” alrededor de la figura de Moebius.
Para quienes no lo conozcan aquí –en Francia es una institución-, lo presentaremos. Su nombre real es Jean Giraud. Es dibujante de cómics y algo más. Como Gir firma las obras de la serie “El Teniente Blueberry”, de corte clásico y aventurero, ambientadas en el salvaje oeste.
Pero es bajo el apodo de Moebius cuando descubrimos su trayectoria más personal. Inolvidables las colaboraciones con Alejandro Jodorowsky (“El Incal” es una obra maestra necesaria en cualquier biblioteca de aficionado al tebeo), y sus divagaciones más personales, a lomos de extravagantes personajes que deambulan explorando las viñetas casi al mismo tiempo en que son dibujados, como el Mayor Grubert, Arzak, e incluso él mismo.
Con Moebius, descubrí en las páginas de Metal Hurlant, que se publicaba en los años 80 en España, cuando las revistas de cómics estaban en estimulante ebullición, verdades que ahora parecen obvias: que el cómic es –probablemente junto con el títere- uno de los espacios de creación que mayor número de influencias y disciplinas puede recoger de un solo golpe de cubilete. Pero también que el artista –y vaya si lo es Moebius-, ha de poseer coraje y desprejuicio, valentía y descaro parejos a su pericia, sus ideas y su técnica.
Viendo a John Difool cambiar de aspecto de una viñeta a otra, no sólo por efecto de las perspectivas o los ángulos, sino por el manejo inagotable y variado de soluciones gráficas, uno se daba cuenta de lo importante de la forma para conseguir una función expresiva concreta. Y en sus líneas incansables, en sus tramas siempre constructivas, emergían las figuras de un mundo nuevo, futuro y posible, como plantas espeluznantes creciendo desmesuradamente en un desierto de soles multiplicados.
Y en mitad de ese dibujo orgánico, vibrante y carnal, aparecían trazos de una limpieza geométrica, reflejos fríos de recta limpia y quebrada, que provocaban por contraste sensaciones pseudomísticas en mitad de la lectura.
Hoy, casi todos los tebeos han cambiado de nombre y prefieren el término más serio de “novela gráfica”. Y yo no digo que esté mal elegido. Pero viendo cómo pesa sobre los autores, y, en particular, sobre unas historias que no hacen sino girar en torno a lo cotidiano –aunque, por otra parte, quizá sean necesarios en estos tiempos los ojos de un autor para ver la verdad de lo que ocurre a nuestro alrededor-, yo disfruto con placer los devaneos de Moebius .
Porque aunque parezca, como la cinta, tener dos caras, aprovecha la de su inagotable fantasía para hablar, en el mismo recorrido, de esa búsqueda de uno mismo a que se enfrentan juntos en cualquier obra, sea del género que sea, público y autor.
Nono Granero
“Moebius-transe-forme”. París, Fundación Cartier para el Arte Contempóraneo.
jueves, 17 de junio de 2010
Arte callejero
viernes, 11 de junio de 2010
Artistas de vacaciones
En el segundo volumen de la obra de Jodorowsky y Bess “El Lama Blanco”, el pequeño Gabriel Marpa, que está siendo educado por un enorme monje budista llamado Tzu, debe resolver un enigma.
Tzu clava un cuchillo en el suelo, que representa a un monje y, alrededor de él, traza un círculo, que simulará su templo. Rodeando éste, coloca un puñado de maderas que figuran sapos.
“Si el monje sale –dice Tzu-, los sapos entran y lo ensucian todo... ¿Cuándo entran los sapos en el templo?”-termina preguntándole. Y cada vez que Gabriel falla en su respuesta, le da un bastonazo.
Finalmente, el chico da con la solución y, abalanzándose sobre su maestro, lo vence al tiempo que grita: “¡Los sapos no entran jamás en el templo porque el monje no lo abandona jamás!” En realidad, están hablando acerca de la atención que debe tener un guerrero: Siempre ha de estar listo porque sabe que, de relajarla, perderá la batalla.
Y yo he recordado esta historia después de ver la exposición de alumnos y alumnas de la Escuela de Artes Plásticas y Diseño “Casa de las Torres” de Úbeda, que estos días contiene la sala azul del Hospital de Santiago.
En torno a un tema común –un gran acierto por parte del equipo de docentes de la Escuela, ese saber proponer vínculos para desarrollar trabajos que, al unirse, muestren las infinitas posibilidades de cualquier propuesta-, cada disciplina específica de las impartidas en el centro ha buscado el modo de plantear obras y ejercicios que estudiasen la Luz.
Y el resultado entusiasma. Porque en base a ese compromiso común, se disparan las ideas y se aprecian mejor las variantes. Y los alumnos y las alumnas descubren el valor plástico de una sombra y, viajando en sus lomos, son capaces de llevarnos a vivir a lugares lejanos en casas diseñadas específicamente para la ocasión. O construyen poemas físicos y congelan instantes a la luz colgante de una bombilla. O escarban en lienzos negros y nocturnos para descubrir iluminando cómo se articula una figura o se exhibe –tímidamente- un grupo de monstruos.
Sumando acierto al acierto, la mayoría de las obras trabajan tomando como punto de partida –como, por otra parte, debe hacer siempre cualquiera que aspire a producir arte-, el entorno más cercano: compañeros y compañeras que prestan sus cuerpos como soportes para construir las esculturas; que ofrecen su imagen y sus movimientos a las cámaras; o que confrontan sus modos de hacer, tan diferentes como sus rostros. O que descubren, más allá de las paredes sólidas de su edificio, la propia luz que los envuelve.
Y sobrevolándolo todo, una alegría juvenil que se confunde con la que es inherente a la creación. Una coherencia y una fe en los proyectos que recorren las obras de la sala dándoles a todas una vibración eléctrica que empuja a ir de una a otra en alas de entusiasmo. Una apuesta por el trabajo artístico que viene determinada por la capacidad demostrada de encarar problemas concretos, de buscar soluciones propias, de desarrollar proyectos bien articulados.
Es una exposición, como hemos dicho, de fin de curso: Han llegado, después de nueve meses de trabajo, a un más que merecido descanso.
Pero es también un momento crucial. Si de verdad caló el aprendizaje, lo que se abre con el tiempo de ocio que asoma no es sino una oportunidad mayor para la mejora y la profundización en el juego del arte. Una oportunidad de buscar más allá de la presión de una nota, porque, como ya hemos comentado en alguna ocasión, el verdadero artista siempre tiene preparada una pregunta más. Y ya lo decía Brancusi, tan entusiasmado como deben estarlo quienes prepararon esta muestra: -“Sé artista. No dudes y lo conseguirás: Crear como un dios, mandar como un rey, trabajar como un esclavo.”
Y no abandonar nunca el templo, mirando con ojos hambrientos todo lo que va a ofrecer el verano, una vez que el alumno ha demostrado al maestro cuál es su verdadera capacidad.
Nono Granero
“La Luz (a ti debida)” Exposición Final de Curso del Alumnado de la Escuela de Artes Plásticas y Diseño “Casa de las Torres” Hospital de Santiago. Sala Pintor Elbo.Úbeda, del 2 al 18 de Junio de 2010.