Todos los sábados de 1 a 2 de la tarde en RADIO ÚBEDA - CADENA SER (En el 101.5 de FM ó en www.radioubeda.net) Dirigido y presentado por Luis Foronda.
sábado, 13 de marzo de 2010
Naturaleza: orden y desorden
lunes, 8 de marzo de 2010
Más baldas, más arte
Dice el refrán que cuando una puerta se cierra, otra se abre. Dejando al margen la relativa verdad que estos aforismos encierran, cuando escucho éste siempre me viene a la cabeza la imagen de un invento de Marcel Duchamp, uno de esos artistas que gustan de situarse al lado de las frases hechas o de los objetos dados por conocidos, para jugar con ellos.
Y es que Duchamp diseñó una puerta en 1927 para su apartamento que servía, simultáneamente, para el cuarto de baño y para el estudio.
Podemos verla en la imagen: está en una esquina. Si abro desde fuera, al empujarla hacia el interior, llega a topar con el marco en que se encaja, cerrando el baño. Si, una vez dentro del estudio, quiero pasar al baño, al abrirla cierro aquél.
Y ando pensando en esta obra, porque en estos días tengo sentimientos encontrados con respecto a una apertura que ha traído consigo un cierre definitivo, o con una dejadez desembocada en cierre que ha propiciado una apertura.
En el edificio del Hospital de Santigo, había una sala que llamaban “de Exposiciones Esteban Jamete”. Como no hay suficiente personal, llevaba cerrada no sé cuánto tiempo.
Era –es, porque la sala existe, reconvertida-, un lugar recoleto, ideal para dar salida a una de esas propuestas de sentido común que siempre que tengo ocasión demando al aire: la necesidad de crear programaciones artísticas coherentes y constantes –ya hemos visto lo que es capaz de hacer el agua, no siendo excesiva, si no deja de caer durante meses-, que incluyan la posibilidad de exponerse a los creadores que empiezan, que trabajan en un área geográfica muy concreta o que, sencillamente, hacen por placer y no sienten la necesidad de andar dando viajes o cabezazos por ahí para mostrar lo que, pacientemente y sin más pretensión que la propia búsqueda y el propio reto –y ya hablaremos de esto en próximos días-, quieren mostrar.
Esa sala ha dejado de estar cerrada desde la semana pasada. Y como quería ver qué había sido de ella, fui a visitarla en cuanto me enteré. Amablemente me abrieron la puerta y encontré, siendo lo mismo, otro espacio: diáfano, luminoso, abierto. Con mejor luz, con mesas redondas que me proponían un nuevo circuito por recorrer, distinto al que marcaban las paredes habituales. Y en éstas, en lugar de cuadros, había estanterías: Y en ellas, baldas; y en las baldas, libros.
A algunos de esos libros yo ya los conocía. Los había entrevisto en un almacén oscuro, amalgamados, apilados unos sobre otros, escondidos casi como si tuvieran miedo de que alguien los viera y los tocara. Si, por gentileza de Diego, de Juan o de Pepa, accedía a su cubículo, podía tomar alguno del lomo, acariciarlo e, incluso, abrirle despacio las guardas. Y encontraba tesoros y perlas, aventuras y colores que, contentos al fin de mostrarse, parecían preguntar por su extraño cautiverio.
Esos libros que no tenían sitio, lucen ahora como recién salidos de la imprenta, y exhiben sus títulos orgullosos y espaciosos en la nueva Sala Infantil de la Biblioteca Juan Pasquau.
Y yo, que soy relativamente práctico, dejo a un lado la tristeza del cierre y agarrando el pomo de la puerta común, me introduzco de lleno en este espacio que, curiosamente, está aún más repleto de arte de lo que nunca estuvo. Porque los libros infantiles contienen tesoros sin cuento. Porque insisto siempre en que los libros ilustrados –que sólo por el hecho de tener menos letras suelen vivir aquí-, son obras de arte completas en sí mismas de tirada limitada.
Y porque esos tesoros son de todos y están ahora a nuestra disposición . Eso sí, teniendo cuidado de devolverlos de nuevo en quince días, para que otros sigan abriendo esas hojas por las que, quizá en un futuro, entre alguien capaz de explicarnos que se pueden tener dos puertas en lugar de una, que no hay por qué cerrar para abrir y que casa con dos puertas, siempre, siempre, es un lugar en el que se respirará mejor, porque se pueden hacer sanísimas corrientes de aire.
domingo, 7 de marzo de 2010
El vuelo de la golondrina
lunes, 1 de marzo de 2010
La lógica del equilibrio
sábado, 27 de febrero de 2010
Los libros de arte y otras adicciones
Me asombra que haya cada vez más voces que proclamen lo importantes, necesarios y sanos que son los libros y la lectura. Yo, a veces, no estoy tan de acuerdo. Y me da por pensar que, en los libros, a modo de tejuelo, deberían poner una advertencia similar a la que acompaña a los paquetes de tabaco: leer –o mirar- este libro puede provocar adicción.
Me ocurrió el otro día, al ir a tirar una simple revista vieja: pasé las hojas rápido por si había algo digno de ser rescatado y en un rinconcito, con un tamaño de no más de 4 centímetros, me miró la foto de un rothko.
No le di entonces más importancia. Pero a las dos horas, volví a la caja de los papeles usados y rescaté la revista y arranqué la página en la que venía la reproducción, porque no me la podía quitar de la cabeza.
Y pensando en ella me levanté al día siguiente. La foto era demasiado pequeña, para ser un rothko –me decía. Yo sabía que tenía alguna de mayor tamaño en algún sitio, de manera que no paré hasta revolverlo todo (libros, carpetas, revistas y recortes), en busca de una reproducción que me calmara ese ansia creciente de apreciar mejor su trabajo. Y encontré una excelente, a toda página, en uno de esos libros que hacen doblarse a las baldas, sean del arte o no, con unas transparencias de color que parecían vibrar como pintadas de verdad.
Pero no fue bastante: quería más. Así que busqué otro poco y saqué una pequeña monografía de Taschen. Después, tropecé con unos escritos del propio Rothko. Y luego, con un catálogo en el que venían algunas imágenes pequeñas más...
Ahora –frente a un montón de libros y revistas que casi me impiden trabajar sobre la mesa-, siguen estas obras llamándome insistentemente para que las mire de nuevo, para que intente pasar por alto las imperfecciones de su reproducción y dialogue con ellas en profundidad. Y como no dejan de imprecarme, he tenido que recurrir a un truco:
Utilizo entonces las reproducciones como trampolines con los que saltar a mayores fantasías. Elijo una, leo su tamaño, y proyecto la escala correcta frente a mí; después, me coloco a los cuarenta y cinco centímetros que su autor recomendaba como distancia ideal para ver estas obras de tamaño respetable. Y empiezo a mirar al frente y alrededor. Es curioso, porque ahí situado, no puedo ver más que cuadro. Ni siquiera puedo abarcarlo completo.
Entiendo ahora que sus límites aparezcan siempre como al desgaire. Entiendo también su relación con los románticos del XIX y el puente que trazaba Rosenblum entre los autores de los Estados Unidos de la segunda mitad del siglo XX y los paisajistas alemanes que buscaban lo sublime incluyendo pequeñas figuras en paisajes soberbios y tempestuosos. Entiendo la intención de Rothko de buscarme a mí, a cada uno, de incluirnos como a los actores del drama de que hablaba en sus primeros trabajos; de hacer que seamos, directamente, la persona pequeña en el horizonte del lienzo. Rothko continúa así el programa de artistas como Manet, como Degas, o como Picasso, que nos ponen en relación directa con lo que nos muestran, que nos sumergen literalmente en sus mundos y prescinden de intermediarios o de coartadas.
Voy después a la ventana, descorro la cortina y compruebo que ando en medio de una de sus últimas obras: Veo los grises desdibujados por el agua, las veladuras de nube que ocultan cielos y montes pasando como cortinas de gasa; veo una luz átona y unas sombras escondidas; y entiendo que las olas monótonas que empequeñecen el horizonte no son tales, sino vaivenes que rozan con sensualidad rítmica mis oídos y mi nuca.
domingo, 21 de febrero de 2010
En el centro del ciberespacio.
domingo, 14 de febrero de 2010
Historia de amor con máscara.
lunes, 8 de febrero de 2010
El hombre que camina
sábado, 6 de febrero de 2010
Viendo pasar lo ineludible
