sábado, 13 de marzo de 2010

Naturaleza: orden y desorden

Para entender la enorme riqueza del mundo, para apreciarla sin sentirse avasallado, nuestra cabeza ordena sistemáticamente. Necesitamos hacer grupos, desglosar, trocear, picar y clasificar, hacer compartimentos: Cajón-caja-cajita-cajitita; Orden-clase-género-familia-especie.
Cuando de lo que se trata es de dibujar, la cosa se complica. Lo saben bien los pintores noveles, que ven cómo se pelean entre sus dedos los conceptos que engloban y las imágenes que individualizan.
No sólo los principiantes: cualquier artista que mire a la naturaleza, que tome lo que necesite de nuestro entorno para crear propuestas propias y universos nuevos, también debe enfrentar esas inercias. Y es en esa pelea donde se definirá el estilo de un creador.
Pongamos un ejemplo: Frente a la complejidad del orden de nacimiento de las hojas de un árbol, la primera respuesta, los primeros dibujos que cualquier persona realiza, pasan por la elaboración de un círculo que abarque la copa y una o dos líneas que conformen el tronco.
Pero lo global tiende a lo simétrico. Y lo simétrico siempre parece artificial.
Se definen así un par de extremos, con lo natural a un lado y lo artificial al otro, entre los que el artista, moviéndose como un péndulo sobre la cuerda floja, debe posicionarse. Si quiere una obra fresca, debe huir del segundo extremo. Si se aleja demasiado, el caos abierto con que se encuentra puede hacerle naufragar entre detalles.
Por eso me gusta tanto Maruja Mallo. Porque es una artista capaz de mantenerse en el trapecio con los ojos grandes de una Pinito del Oro, temblando en su silla, hipnotizándonos con sus simetrías artificiales aplicadas a elementos tan orgánicos en sus formas como una concha o una flor.
Y como ocurre con la música de Nyman –que hipnotiza introduciendo en su repetición, de puntillas, ligeros cambios imprevistos-, las simetrías de Maruja Mallo, con la influencia ordenadora de un constructivismo bien asimilado, saben hacerse las interesantes, atraer nuestra mirada y engancharla en una indeterminación magnética.
Por eso quedamos enganchados en obras como la “Sorpresa del Trigo” con sus ojos ausentes y sus delicadas simetrías engañosas, a la manera de la "Catedral" de Rodin.
O en su cabeza de "Actriz", poderosa, soslayando lo decorativo que Maruja Mallo reconocía en la base del nacimiento de la pintura, sin renunciar a esos ritmos que cobrarán mayor energía a base de formas geométricas y giros vertiginosos encarnados en los cuerpos de sus Gimnastas de trisquel. O en su "Cabeza de Negra", de título políticamente incorrecto, cuello de columna dórica y peinado de corazón de piedra, que nos provoca sensualidades con la fría carnalidad de lo que está a un sólo paso de lo inhumano.
Leía el otro día un comentario en el que decían que Maruja Mallo es una artista menor; y puede ser que no encuentre su lugar en el Olimpo de los grandes. Pero para los que olvidamos los nombres y masticamos las obras, Mallo es, inevitablemente, como un icono románico: una figura que, precisamente por unir sin fisuras opciones lejanas, se hace imprescindible, inolvidable y, claro está, inclasificable.
Exposición MARUJA MALLO. Del 28 de Enero al 4 de Abril de 2010 en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Alcalá 13, Madrid.
Nono Granero.

lunes, 8 de marzo de 2010

Más baldas, más arte

Dice el refrán que cuando una puerta se cierra, otra se abre. Dejando al margen la relativa verdad que estos aforismos encierran, cuando escucho éste siempre me viene a la cabeza la imagen de un invento de Marcel Duchamp, uno de esos artistas que gustan de situarse al lado de las frases hechas o de los objetos dados por conocidos, para jugar con ellos.

Y es que Duchamp diseñó una puerta en 1927 para su apartamento que servía, simultáneamente, para el cuarto de baño y para el estudio.

Podemos verla en la imagen: está en una esquina. Si abro desde fuera, al empujarla hacia el interior, llega a topar con el marco en que se encaja, cerrando el baño. Si, una vez dentro del estudio, quiero pasar al baño, al abrirla cierro aquél.

Y ando pensando en esta obra, porque en estos días tengo sentimientos encontrados con respecto a una apertura que ha traído consigo un cierre definitivo, o con una dejadez desembocada en cierre que ha propiciado una apertura.

En el edificio del Hospital de Santigo, había una sala que llamaban “de Exposiciones Esteban Jamete”. Como no hay suficiente personal, llevaba cerrada no sé cuánto tiempo.

Era –es, porque la sala existe, reconvertida-, un lugar recoleto, ideal para dar salida a una de esas propuestas de sentido común que siempre que tengo ocasión demando al aire: la necesidad de crear programaciones artísticas coherentes y constantes –ya hemos visto lo que es capaz de hacer el agua, no siendo excesiva, si no deja de caer durante meses-, que incluyan la posibilidad de exponerse a los creadores que empiezan, que trabajan en un área geográfica muy concreta o que, sencillamente, hacen por placer y no sienten la necesidad de andar dando viajes o cabezazos por ahí para mostrar lo que, pacientemente y sin más pretensión que la propia búsqueda y el propio reto –y ya hablaremos de esto en próximos días-, quieren mostrar.

Esa sala ha dejado de estar cerrada desde la semana pasada. Y como quería ver qué había sido de ella, fui a visitarla en cuanto me enteré. Amablemente me abrieron la puerta y encontré, siendo lo mismo, otro espacio: diáfano, luminoso, abierto. Con mejor luz, con mesas redondas que me proponían un nuevo circuito por recorrer, distinto al que marcaban las paredes habituales. Y en éstas, en lugar de cuadros, había estanterías: Y en ellas, baldas; y en las baldas, libros.

A algunos de esos libros yo ya los conocía. Los había entrevisto en un almacén oscuro, amalgamados, apilados unos sobre otros, escondidos casi como si tuvieran miedo de que alguien los viera y los tocara. Si, por gentileza de Diego, de Juan o de Pepa, accedía a su cubículo, podía tomar alguno del lomo, acariciarlo e, incluso, abrirle despacio las guardas. Y encontraba tesoros y perlas, aventuras y colores que, contentos al fin de mostrarse, parecían preguntar por su extraño cautiverio.

Esos libros que no tenían sitio, lucen ahora como recién salidos de la imprenta, y exhiben sus títulos orgullosos y espaciosos en la nueva Sala Infantil de la Biblioteca Juan Pasquau.

Y yo, que soy relativamente práctico, dejo a un lado la tristeza del cierre y agarrando el pomo de la puerta común, me introduzco de lleno en este espacio que, curiosamente, está aún más repleto de arte de lo que nunca estuvo. Porque los libros infantiles contienen tesoros sin cuento. Porque insisto siempre en que los libros ilustrados –que sólo por el hecho de tener menos letras suelen vivir aquí-, son obras de arte completas en sí mismas de tirada limitada.

Y porque esos tesoros son de todos y están ahora a nuestra disposición . Eso sí, teniendo cuidado de devolverlos de nuevo en quince días, para que otros sigan abriendo esas hojas por las que, quizá en un futuro, entre alguien capaz de explicarnos que se pueden tener dos puertas en lugar de una, que no hay por qué cerrar para abrir y que casa con dos puertas, siempre, siempre, es un lugar en el que se respirará mejor, porque se pueden hacer sanísimas corrientes de aire.

Nono Granero

domingo, 7 de marzo de 2010

El vuelo de la golondrina

Llovía mucho y a mediodía el Bar “La golondrina” comenzaba a reunir a su habitual parroquia. Ese día, sentado en el taburete, con los dos codos apoyados en la barra y sus manos en la cara, Marianito Rojas se quedó alelado, con los ojos fijos en su vaso de vino tinto. Luego de unos minutos, suspiró y me preguntó: -"¿Tú qué piensas, tronco? ¿Qué el vaso está medio lleno o medio vacío? " Yo de pie, a su lado, miré con un ojo a la cristalera, vi tristes chuzos pinchando los saludos bajo un hormigueo de paraguas, con el otro vi una abúlica niebla que se aproximaba desde lo alto de la calle. -"Dime tronco – insistió Marianito Rojas sin mirarme - ¿medio lleno o medio vacío? " Me volví hacia él y ahíto de estrabismo le dije: - "Eres un puto optimista" . Y bruscamente, tomé su vaso y de un solo trago, me lo bebí. -"Ahí tienes la respuesta" - concluí. Aquel trago agrio me sentó como un tiro en el estómago. Así que, sin despedirme de Marianito Rojas y sin paraguas, me vine volando a mi casa a vomitar filosofía. ... En ello ando todavía. ___________________________________ Luis Foronda. ___________________ Dibujo de Nono Granero.

lunes, 1 de marzo de 2010

La lógica del equilibrio

El Gran Circo Nevada plantó su carpa en el campo de los silos. Entre grandes cartelones de payasos se anunciaba la actuación del famosísimo funambulista Bruno Rinaldi. A Bruno Rinaldi le eran inaplicables las leyes físicas del equilibrio, maravilloso era su sentido del ritmo sobre el alambre, inconcebible, asombrosa su disposición en el vacío, pasos justos, medidos, precisos, casi mágicos, el Arte con mayúsculas en el punto exacto de la simetría. Pero todo equilibrio tiene su lógica y la lógica del prodigioso equilibrio de Bruno Rinaldi era el vino. Bruno Rinaldi necesitaba para subirse al alambre estar completamente borracho. Cada tarde, una hora antes de comenzar su número, Bruno Rinaldi cogía una impresionante melopea de vino tinto, un par de botellas, carbúnculo precioso brillando como rubí en la copa que le traían a la caravana las señoritas del ballet. Y así, cada día, sujetándose malamente los pasos por la borrachera, Bruno Rinaldi se plantaba en la pista, pero era subir por las escaleras hasta el cable, le invadía milagrosamente el don de la perpendicularidad, imperturbable a los efluvios etílicos, con los pasos justos, espalda recta, punta de los pies ya en el alambre, planta entera, brazos extendidos en una danza de vértigo. Siempre actuaba sin red, a una gran altura, de una punta a otra de la carpa. Pero el hecho que hizo definitivamente famoso a Bruno Rinaldi ocurrió un día en el que se presentó en la pista completamente sobrio. No había podido beber, había estado toda la tarde fornicando por esas caravanas de dios con una de las chicas del ballet. Apremiado por la hora, urgido por el redoble, obligado por los aplausos, se subió al cable sin reparar demasiado en que no había bebido, se colocó así, con la inercia del número mil veces repetido. Dio un paso y luego otro, pero a la mitad sintió miedo, miró hacia abajo y se mareó, las piernas empezaron a temblarle, el público se alarmó adivinando el desastre. Bruno Rinaldi, se encogió y temblando se agarró al cable de brazos y piernas y cerró los ojos. El director de pista, voz en grito, le instó desde abajo que se incorporara, que terminara el número o al menos que llegara hasta el final del cable y bajara por las escaleras, pero por Dios que no se dejara caer, porque su muerte era segura. Bruno Rinaldi negaba con la cabeza a las indicaciones del director. Rápidamente colocaron la red, “Arrójate a la red, Rinaldi”. Bruno Rinaldi negaba con la cabeza. Quitaron la red, trajeron el gigantesco balde de los imprevistos, “Arrójate al gigantesco balde de los imprevistos, Rinaldi”. Bruno Rinaldi negaba con la cabeza. Entonces el Gran Tonete, payaso de chispeantes ideas, comentó que, conocidos los gustos del equilibrista, mejor cambiar el agua por vino. Pero ¿dónde conseguir tanto vino para llenar el gigantesco balde de los imprevistos?. Y el gran tonete, tan gracioso, dijo: “Color, color”. En dos minutos ya estaba el agua del gigantesco balde de los imprevistos coloreada de rojo. “Arrójate al gigantesco balde de los imprevistos… lleno de vino, Rinaldi”. Bruno Rinaldi abrió los ojos y vio brillar bajo sus pies el líquido divino. Se soltó de brazos y piernas y se dejó caer. Calló de lleno sobre el balde y se salvó. Y en medio del atronador aplauso Bruno Rinaldi supo que lo habían engañado. Desde entonces decidió no volver a confiar jamás en ningún miembro de la compañía. …Y se hizo domador. Muy bueno, por cierto. Las fieras lo respetan, porque les ha prometido, en secreto, no volver a catar ni una gota… de agua. _______________________________ Luis Foronda. _______________________ Dibujo de Nono Granero.

sábado, 27 de febrero de 2010

Los libros de arte y otras adicciones

Me asombra que haya cada vez más voces que proclamen lo importantes, necesarios y sanos que son los libros y la lectura. Yo, a veces, no estoy tan de acuerdo. Y me da por pensar que, en los libros, a modo de tejuelo, deberían poner una advertencia similar a la que acompaña a los paquetes de tabaco: leer –o mirar- este libro puede provocar adicción.

Me ocurrió el otro día, al ir a tirar una simple revista vieja: pasé las hojas rápido por si había algo digno de ser rescatado y en un rinconcito, con un tamaño de no más de 4 centímetros, me miró la foto de un rothko.

No le di entonces más importancia. Pero a las dos horas, volví a la caja de los papeles usados y rescaté la revista y arranqué la página en la que venía la reproducción, porque no me la podía quitar de la cabeza.

Y pensando en ella me levanté al día siguiente. La foto era demasiado pequeña, para ser un rothko –me decía. Yo sabía que tenía alguna de mayor tamaño en algún sitio, de manera que no paré hasta revolverlo todo (libros, carpetas, revistas y recortes), en busca de una reproducción que me calmara ese ansia creciente de apreciar mejor su trabajo. Y encontré una excelente, a toda página, en uno de esos libros que hacen doblarse a las baldas, sean del arte o no, con unas transparencias de color que parecían vibrar como pintadas de verdad.

Pero no fue bastante: quería más. Así que busqué otro poco y saqué una pequeña monografía de Taschen. Después, tropecé con unos escritos del propio Rothko. Y luego, con un catálogo en el que venían algunas imágenes pequeñas más...

Ahora –frente a un montón de libros y revistas que casi me impiden trabajar sobre la mesa-, siguen estas obras llamándome insistentemente para que las mire de nuevo, para que intente pasar por alto las imperfecciones de su reproducción y dialogue con ellas en profundidad. Y como no dejan de imprecarme, he tenido que recurrir a un truco:

Utilizo entonces las reproducciones como trampolines con los que saltar a mayores fantasías. Elijo una, leo su tamaño, y proyecto la escala correcta frente a mí; después, me coloco a los cuarenta y cinco centímetros que su autor recomendaba como distancia ideal para ver estas obras de tamaño respetable. Y empiezo a mirar al frente y alrededor. Es curioso, porque ahí situado, no puedo ver más que cuadro. Ni siquiera puedo abarcarlo completo.

Entiendo ahora que sus límites aparezcan siempre como al desgaire. Entiendo también su relación con los románticos del XIX y el puente que trazaba Rosenblum entre los autores de los Estados Unidos de la segunda mitad del siglo XX y los paisajistas alemanes que buscaban lo sublime incluyendo pequeñas figuras en paisajes soberbios y tempestuosos. Entiendo la intención de Rothko de buscarme a mí, a cada uno, de incluirnos como a los actores del drama de que hablaba en sus primeros trabajos; de hacer que seamos, directamente, la persona pequeña en el horizonte del lienzo. Rothko continúa así el programa de artistas como Manet, como Degas, o como Picasso, que nos ponen en relación directa con lo que nos muestran, que nos sumergen literalmente en sus mundos y prescinden de intermediarios o de coartadas.

Voy después a la ventana, descorro la cortina y compruebo que ando en medio de una de sus últimas obras: Veo los grises desdibujados por el agua, las veladuras de nube que ocultan cielos y montes pasando como cortinas de gasa; veo una luz átona y unas sombras escondidas; y entiendo que las olas monótonas que empequeñecen el horizonte no son tales, sino vaivenes que rozan con sensualidad rítmica mis oídos y mi nuca.

Olvido así la tristeza empapada y húmeda de esta lluvia persistente que últimamente no nos abandona, y me siento como un Dante feliz al que Rothko, convertido en Virgilio, acaba de mostrar la luz de lo que no entendía, la cara de lo que parecía únicamente cruz, utilizando como medio un cuadro que, paradójicamente, jamás he visto de verdad.
Rothko. J. BAAL-TESHUVA, Ed. Taschen, 2006
La realidad del artista. Mark ROTHKO. Ed. Síntesis, Madrid 2004.
La imagen corresponde a la obra Sin título, 1969; Acrílico sobre papel sobre lienzo. 193 x 122 cms.
Nono Granero

domingo, 21 de febrero de 2010

En el centro del ciberespacio.

Paco Rúter navegaba por los mares aburridos de la red cuando se desplegó una ventanita en la esquina inferior derecha de la pantalla de su ordenador. “Has recibido un nuevo mensaje de correo electrónico de Carolina”. Carolina era una compañera de trabajo, una chica estupenda desde luego, a la que Paco Rúter había elevado a la condición de única protagonista de sus ensoñaciones más eróticas. Pinchó y abrió el correo. Decía solamente: “Te quiero”. Paco Rúter, alborozado, con el ratón dándole brincos, respondió enseguida. Escribió un correo con una concisa respuesta: “Yo también”. Y casi en el mismo momento en que le dio a enviar, apareció otra ventanita en la esquina inferior derecha. “Has recibido un nuevo mensaje de correo electrónico de Carolina” Paco Rúter lo abrió, decía: “Perdona, pinché por error tu nombre en la carpeta de contactos. El anterior mensaje iba dirigido a otra persona.” Y como Paco Rúter ya había enviado su correo, quiso deshacer el desaguisado y escribió otro inmediatamente que decía: “Perdona, yo también pinché por error tu nombre en mi carpeta de contactos. Mi respuesta iba dirigida a otra persona.” La bandejas de entrada y de salida se estremecieron entonces, y se mantuvieron a la expectativa, vibrantes y ansiosas por mandar y recibir. Más tarde, después de unos minutos de tensión, en el centro del ciberespacio, se cruzaron dos correos idénticos que preguntaban: “¿A quién?” ..................... No hubo respuestas. Paco Rúter esa noche soñó de nuevo con ella y ella, esa noche, no paró de enviar mensajes. ____________________ Luis Foronda. _______________________________ Dibujo de Nono Granero.

domingo, 14 de febrero de 2010

Historia de amor con máscara.


Qué fea era Daniela, la jodía. Ay Daniela, Daniela, Daniela. Enclaustrada por fuerza de su fealdad, Daniela bisoja y cejijunta, Daniela eterna suspirante de segundos, Daniela en casa, puertas cerradas, ventana entreabierta, leyendo novelas de amor, esperando cada año la llegada del carnaval, la oportunidad, la única oportunidad de poner los pies en la puerta de la calle, con su máscara de porcelana, mezclarse así entre el gentío sin que nadie la sospechara, acercarse así a los mozos, insinuarse así y hablarse así, tocarse tal vez así. Ay Daniela, ya en la calle, el último día, a ritmo de charanga, careta en rostro, caderas poderosas, risa contagiosa. Viene un muchacho hacia ella también disfrazado, con la cara tapada, le habla y el susurro de sus palabras con la cadencia de la solfa, la atonta, la calienta, la embriaga. Ay Daniela ya en los brazos del macho, en el cuarto del hotel, desnudándose deprisa, pero… ¡quietos, las máscaras no, las máscaras no! …entreguémonos al amor con el rostro cubierto y el cuerpo despojado, por favor. ¿Así?... Así, el carnaval en la calle, la carne en la cama, exhaustos los dos embozados de porcelana y sudor, culminan el acto y se quedan dormidos. Al rato Daniela se despierta y piensa en irse de allí cuanto antes, sin hacer ruido, pero le puede la curiosidad, y aprovecha que el muchacho duerme para quitarle la máscara. Que feo es el jodío, seguramente más feo todavía que ella, bisojo y cejijunto, verruga y alforza. Ay Daniela que sonríe y que siente que acaba de encontrar al hombre de su vida, que “fea con feo feliz me veo” y ya no quiere irse, sólo desea seguir abrazada a aquel pedazo de feo. Ya no teme, se quita la máscara y se duerme otra vez sobre el pecho de su hombre. El hombre se despierta luego y descubre horrorizado que la máscara se le ha caído mientras dormía, ¿lo habrá visto ella? No, por Dios. Se levanta en silencio, se viste rápido, no vaya a ser que ella se despierte y lo vea así, a careto descubierto. Antes de salir, ya en la puerta del cuarto, le echa un último vistazo lánguido a la mujer que duerme bocabajo. Suspira y se marcha. Daniela despierta luego y busca a su feo por las cuatro esquinas de la cama pero no lo encuentra, se le ha ido. Vaya. Se entristece, recoge sus cosas, se viste, se coloca la máscara y sale a la calle cuaresmal de la misantropía. Ay Daniela, Daniela, Daniela, la que siempre se consuela. Bah, en cuatro suspiros volverá el Carnaval. El tiempo vuela. __________________________________ Luis Foronda.- Dibujo de Nono Granero.-

lunes, 8 de febrero de 2010

El hombre que camina

Viene un hombre caminando por la acera de Seymour Street. Sin sombrero y sin paraguas, con la frente despejada y dispuesta contra la lluvia. Tan alto y tan delgado, mermando su desgarbada apariencia con la elegancia de sus pasos que apuntan a un lugar indeterminado, y que sin embargo, son pasos que huyen, pasos desvanecidos en la niebla de la culpa. El hombre que camina, como todos los hombres que caminan, arrastra, tras su paso firme, una historia oscura de bronce fundido. El hombre que camina regresa de la suite del hotel Ascott, en la que acaba de asesinar a su esposa Pauline Parker y al amante de ésta, el multimillonario escocés Jonh Shalmon, heredero de una enorme fortuna y poseedor de una de las más valiosas colecciones de pintura y de escultura del mundo. Pauline Parker abandonó hace dos semanas al hombre que camina y se lanzó a los brazos del multimillonario en un mismo parpadeo. Pauline Parker no aguantó aquel matrimonio de penurias, ni la vida miserable que llevaban, ni la grisácea perspectiva de un marido pobre y en paro. Prefirió los placeres del lujo y del arte. Hoy, el hombre que camina, en un arrebato de siderurgia, se ha presentado en el nido de amor de su esposa y del millonario escocés y ha disparado su arma contra ellos, dejándolos muertos sobre las sábanas de seda. El hombre que camina regresa ahora por Hyde Park. Atraviesa los jardines bajo la lluvia y el suelo se le va pegando a su conciencia. De repente sus pies se quedan atrapados en el barro, como en un mal sueño. El barro luego se vuelve bronce, paso estático y eterno. Y así, cautivo en la eternidad del espacio y del tiempo, el hombre que camina, es hecho prisionero y llevado por dos guardias a Sotheby’s, donde, en una puja sin precedentes, es vendido a un comprador misterioso por la nada desdeñable cantidad de sesenta y cinco millones de libras. ___________________ Luis Foronda.- ____________ Dibujo de Nono Granero.

sábado, 6 de febrero de 2010

Viendo pasar lo ineludible

Desde las baldas de La Librería no sólo vienen libros. Los libros, como montañas o lagos pacíficos a los que uno va en busca de sol, conocimiento y buena salud, son así una cosa estable, sólida. Pero en las baldas también anidan otras especies.
Las revistas, por ejemplo, son como aves viajeras, como caminantes que vienen de otro lado del mundo y nos traen noticias interesantes, extravagantes, chocantes y siempre distintas a las que generan nuestros pagos.
Y pueden anunciar buen tiempo o estaciones, como ocurre con la cigüeña de San Blas, que precisamente estos días debería hacer su aparición donde corresponda.
Las páginas de esas revistas especializadas –no, no me estaba refiriendo al HOLA-, son siempre un lugar para la sorpresa y el encuentro fortuito. Tras cada esquina del papel nos espera una imagen, una idea, una palabra detenida que puede abrirnos puertas desconocidas, desatrancar las oxidadas o, por qué no, quitarnos las ganas de probar nuestras llaves.
Hoy, desde esos campos horizontales que son las baldas verdes de nuestra Librería, viene una revista (el número 253 de LAPIZ), que hizo de cielo para sostener una única obra de Jochen Lempert, un artista del que sólo conozco la fotografía de más arriba. Pero que me es más que suficiente.
Se titula Anschütz (Cigüeña), es de 2006 y en ella eso es lo único que se ve.
Fotografiada “imperfectamente”, se sitúa haciendo equilibrios en el fiel de una balanza con un platillo de químicas y otro de físicas (dicho de otro modo: a caballo entre la fotografía tradicional que sabe de papeles, tiempos de revelado de grano y de sensibilidades y contrastes, y el dibujo que sabe de gestos e intensidades de grises, de presiones cambiantes y de dejar de decir.) Probablemente sea eso lo más interesante de esta imagen: sus vacíos, su espacio desnudo y su encarnadura: tan ligera, que parece contener el movimiento y nos hace dudar entre lo congelado y lo veloz.
Más se encarna que se sujeta en el aire. Más parece la agrupación azarosa de partículas elementales, conjugadas de forma caprichosa, que un animal completo con una intención. Está y no está, esta cigüeña, que parece japonesa, que parece transparente, que parece de papel de arroz.
La fotografía de Lempert está en los límites: eleva el grano a la calidad de textura y sugiere la mancha del ala en un gesto que no pudo hacerse. Pero no es Arte con mayúsculas esta fotografía por que se parezca a un dibujo trazado con carbón. Sino por otras razones de más peso que una ascendencia ilustre desde lo manual.
Tan natural como una gota de café sobre la mesa: tan rica, tan inevitable como que llegará la primavera. Es arte, porque es inexorable, ineludible. Es arte hondo esta fotografía, porque no puede uno objetar nada a su existencia, como tampoco podríamos hacerlo con una nube que se deshilacha y nos hace sentir como si nuestros ojos fueran líquidos que se desparraman por los cielos guiados por sus hebras. Es arte, en definitiva, porque usa el oficio para transportarnos a las brumas o al sol, a la calma o a la premura, porque refleja nuestra mirada cambiante y no se agota por mucho que la miremos. No contiene un mensaje ecológico, y, sin embargo, podría contenerlo con facilidad. No habla de evolución, ni de viajes, ni de igualdad, ni de derechos y, si quisiera, podría prestarse a sujetar ideas como éstas en sus alas difusas.
La miramos y sentimos el frío del aire sobre los árboles. Y en estos yermos inviernos de nuestros lugares, blancos por la nieve fría de la cultura escasa, esta imagen escondida en una revista se aparece como uno de esos pájaros exóticos o viajeros de que hablábamos arriba, en cuyas alas podemos recorrer parte de ese mundo que aún no conocemos y que, quién sabe si llegaremos a conocer algún día.
Nosotros, desde aquí, disfrutando su vuelo, seguiremos intentándolo.
Nono Granero

miércoles, 3 de febrero de 2010

"o don fatale"

Este domingo, Ernesto Vela nos contó el argumento y algunas anécdotas de la ópera DON CARLO de Giusseppe Verdi. Pudimos escuchar a la mezzosoprano Violeta Urmana, en la famosa Aria "O don fatale". Maravillosa